Victor Frankenstein (Victor Frankenstein) (2015)

Victor Frankenstein rescata de un circo a Igor, donde es utilizado como objeto de mofa y desprecio, y le cura la joroba e incluso lo bautiza. Igor tiene un instinto natural para la anatomía, y ayudará a Frankenstein a crear vida a partir de la muerte…

Dirección: Paul McGuigan. Producción: Davis Entertainment, TSG Entertainment, Moving Picture Company, Twentieth Century Fox Film Corporation. Productor: John Davis. Co-productor: Mairi Bett. Productores ejecutivos: Derek Dauchy, Ira Shuman. Guion: Max Landis, según la novela de Mary Shelley. Música: Craig Armstrong. Fotografía: Fabian Wagner. Diseño de producción: Eve Stewart. Montaje: Andrew Hulme, Charlie Phillips. Efectos especiales: Millennium FX, Waldo Mason Effects, Moving Picture Company, Nvizible, Peerless Camera Company, The Senate Visual Effects, Proof. Intérpretes: Daniel Radcliffe (Igor), James McAvoy (Victor Frankenstein), Jessica Brown Findlay (Lorelei), Andrew Scott (inspector Turpin), Callum Turner (Alistair), Bronson Webb (Rafferty), Daniel Mays (Barnaby), Spencer Wilding (Nathaniel / Prometeo), Robin Pearce (barón Bomine), Freddie Fox (Finnegan), Charles Dance (Frankenstein), Alistair Petrie (inspector jefe), Guillaume Delaunay (Prometeo), Di Botcher, Eve Ponsonby, Will Keen, Louise Brealey, Nicola Sloane, Neil Bell, Mark Gatiss, Valene Kane, Adrian Schiller… Nacionalidad y año: Estados Unidos, Reino Unido 2016. Duración y datos técnicos: 110 min. Color 2.35:1.

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¡No jorobes, Igor!

Infinitas son, a estas alturas, las versiones realizadas del mito del doctor Frankenstein y la creación de su criatura. ¿Qué ofrece de distinto esta? Pues, pese al título, la historia se enfoca esta vez desde el punto de vista de Igor, personaje inexistente en la novela de Mary Shelley y procedente de las adaptaciones que hizo la Universal –hay algún otro guiño a estas, como la alusión a un hermano de Victor llamado Henry–, y después popularizado por el Igor (pronúnciese Aigor) de El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), de Mel Brooks –también hay un guiño a ese elemento–.

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Por lo demás, esta película tiene toda la pinta de ser de esas que han sufrido amputaciones y re-filmaciones para adecuarla a los gustos de los productores, ejecutivos y/o público de prueba. Hay largas escenas a un ritmo pausado y, después, abruptamente, aparecen otras demasiado aceleradas y que cambian de modo drástico el enfoque. Da la impresión de que el original debía durar dos horas y media y parecía poco comercial, y se rodaron escenas nuevas, más “cañeras”, para hacer algo diferente, cortando de paso mucho metraje. El resultado semeja un monstruo de Frankenstein, lleno de remiendos y torpe e inconexo.

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Ya en el arranque brota la mosca detrás de la oreja, con esa espantosa escena del rescate de Igor en el circo por parte de Frankenstein, y que está plantada en exclusiva para meter acción sin más, en un momento de lo más ridículo y excesivo. El exceso, en todo caso, es lo que domina la casi totalidad de la película, en muy diferentes tonos. Así, Victor Frankenstein es definido como un ser teatral y exhibicionista, y James McAvoy, un buen actor, debe claudicar a ese tono, haciéndose cargante y antipático (como actor, no como personaje). Tampoco resulta en exceso atractivo el pesado del inspector Turpin –encarnado por Andrew Scott, tan insoportable aquí como lo estaba en Sherlock haciendo de Moriarty–, personaje que semeja que ha perdido gran parte de sus escenas en la sala de montaje, y que solo aparece en los momentos oportunos para él, y siguiendo pistas que solo se presuponen. Choca, a estas alturas del siglo que, por lo demás, Frankenstein sea definido como un personaje negativo y ateo, y el inspector represente la justicia, la razón y esté de continuo citando a Dios. La moral, en su sentido más amplio, estaba en la base de la novela de Mary Shelley, suplantada aquí por simple moralina.

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En todo caso, por debajo de los muchos errores que brotan, parece haber escondida una buena película que lucha desesperadamente por sobresalir. Hay ideas atractivas que, sin embargo, no se terminan de definir, posiblemente castradas por los vehementes intentos de hacer un producto comercial. El sentido familiar, en el aspecto de padre e hijo (creador y creado) y de hermandad concurre a lo largo de todo el film, siquiera sea de un modo titubeante. La ambigua y amplia relación entre Frankenstein e Igor, donde el primero, literalmente, crea al segundo, cambiando su cuerpo y dándole un nombre. En este sentido, Igor es tan creación de Frankenstein como el propio monstruo, aunque sea partiendo de elementos distintos. Victor, por lo demás, busca con sufrimiento tanto a su padre como a su hermano, pero ambos los perdió hace mucho tiempo, de un modo u otro.

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También existe una tenue pulsión homoerótica entre Igor y Victor, para luego disimularla pudibundamente. Así, la escena en la cual el doctor cura a su criado del absceso casi parece una escena de sexo, sudorosa y provista de cuero. Más tarde, Victor informa a Igor: “Ya no serás mi criado, sino mi socio”. En inglés utiliza la palabra “partner”, que ofrece más significados, entre ellos el de pareja sexual. Esa pareja se ve interceptada desde dos ángulos distintos, así, Igor se relacionará con Lorelei, la trapecista de circo de la que está enamorado; y Victor, por su parte, tendrá una relación también bastante ambigua con su mecenas, que desde su primera aparición en la escena de la demostración en la Facultad de Medicina parece controlarlo en exceso.

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Así pues, el guion de Max Landis –Chronicle– va dando tumbos de un lado a otro, sin encontrar su tono y embarullando ideas distintas en una mezcla grumosa y sin textura, que peca por acumulación de muchos elementos que no terminan de tomar su rumbo. La dirección de Paul McGuigan comienza incorporando elementos de su serie Sherlock, como es congelar la imagen y sobreimpresionar palabras que explican elementos, para luego olvidarse de ello; en todo caso, también ofrece una labor deslavazada, que bascula entre la pulcritud y el exceso –esos horrorosos ralentíes–, como si no supiera bien qué rumbo tomar.

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En cuanto a los actores, ya se ha mencionado a McAvoy, que en momentos está de un sobreactuado que espanta, y en otros aporta una labor excelente. También se ha citado al inspector, encarnado por Andrew Scott, y lo espantoso que resulta. Jessica Brown Findlay como Lorelei representa el elemento femenino, dulce, hermosa y discreta. Daniel Radcliffe, por su parte, se muestra entregado y entusiasta con su personaje, acaso pensando que este papel podría, por fin, apartarle de la imagen estereotipada que se ha forjado. Hace una muy buena interpretación, pero me temo que no será valorada por los prejuicios de siempre.

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Por último, referir el diseño de producción, característico de las películas actuales ambientadas en otra época, con unos exteriores diseñados por ordenador tan bonitos como cantosos, y que aplican una pátina de irrealidad a los resultados de un film que, de por sí, es incapaz de que el espectador entre en él en momento alguno.

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Anécdotas

  • Títulos de rodaje: Frankenstein / Igor.
  • El rodaje tuvo lugar entre el 25 de noviembre de 2013 y el 20 de marzo de 2014, pero hasta finales de noviembre de 2015 no se hizo una proyección de prueba ante un público.
  • El director inicialmente previsto fue Shawn Levy (Noche en el museo 1, 2 y 3, Acero puro), pero se retiró.
  • Estrenada en Estados Unidos el 25 de noviembre de 2015, tras una premiere en Nueva York el 10 de noviembre. En España se estrenó el 15 de abril de 2016.

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Bibliografía

 

  • Frankenstein o El moderno Prometeo; por Mary Shelley; traducción, Francisco Torres Oliver; estudio premiliminar, Antonio José Navarro. Madrid: Valdemar, 2013. Colección: Valdemar gótica; nº 16. T.O.: Frankenstein or The Modern Prometheus (1818).

Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)

 

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