La trinidad galáctica: Kirk, Spock y McCoy

Siguiendo con nuestra celebración del 50 aniversario de la creación de Star Trek, ofrecemos ahora un artículo, centrado en tres de los más carismáticos personajes de la franquicia.

La trinidad galáctica: Kirk, Spock y McCoy

Por

Manuel Aguilar

 

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Una de las facetas más características de las sucesivas etapas televisivas y cinematográficas de la saga Trek es la relación inconfundible que se establece entre las diferentes tripulaciones, relación que va más allá de la mera semblanza de personajes, otorgándoles una densidad especial que trasciende al propio reparto y a la ficción; se trata mucho más de un concepto cercano al de la familia.

Las series protagonizadas por familias eran habituales en la televisión norteamericana[1] en los años en que Roddenberry hizo realidad su ideal humanista, pero en este caso ese ideal estaba muy alejado del concepto almibarado del clan tradicional, manteniéndose el grupo aquí representado unido por la amistad y la camaradería, concepto sin duda influido por la etapa en el ejército y los años como patrullero en que el guionista/productor trabajó antes de entrar en el mundo televisivo, que a su vez inspiró numerosas series posteriores (no por casualidad muchas de ellas adscritas al género policiaco), y originado en la tradición westerniana, muy popular también en la televisión del momento (al fin y al cabo, esa es la génesis conceptual de la saga: una “Caravana a las estrellas”)[2].

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Desde los primeros episodios fue revelándose una muy especial unión entre tres personajes, que acabó convirtiéndose en la misma esencia de las aventuras de la Enterprise clásica: lo que se ha venido definiendo como “la Trinidad”, a saber, la interdependencia y adhesión entre el capitán Kirk, el oficial científico Spock y el oficial médico Leonard “Bones” McCoy.

De caracteres diametralmente opuestos, resulta fascinante (como diría el señor Spock) comprobar cómo estos personajes acaban conformando una supra-entidad en la que cada uno de sus miembros representa un rasgo del “cuerpo” principal: así, Kirk representa la fuerza, el valor y la intuición, Spock el raciocinio, y el gruñón pero bondadoso McCoy el corazón, rasgos que por otra parte comparte el resto de la tripulación, en mayor o menor medida.

Esta relación a tres se mantuvo a lo largo de las sucesivas temporadas y películas, en un equilibrio caracterizado por una constante tensión que, de hecho, se erige como punto clave en más de un capítulo. En cualquier caso, fue forjándose durante la primera temporada, donde, a la hora de descender a un planeta para cumplir una misión, es el trío el que, sin más motivo aparente que la pura inercia, suele encargarse de ello[3]; excepcionales, en este sentido, son los episodios “El Galileo Siete” (“The Galileo Seven”, 1967 [1.16]), donde se establece la relación amor/odio entre Spock y McCoy a través del conflicto entre la fidelidad al deber y la iniciativa propia, -conflicto por cierto en el que Spock lleva las de perder- y “Consejo de guerra” (“Court Martial”, 1967 [1.20]), donde Spock consigue equilibrar a la perfección su lógica con la lealtad a su capitán, instaurando así la gran amistad que, por encima de reglas y rangos, une a ambos personajes, amistad que se reafirma en el soberbio “El diablo en la oscuridad” (“The Devil in the Dark”, 1967 [1.25])[4] donde son las dudas y reacciones de Kirk frente a las de Spock, y viceversa, las que determinan la actitud de ambos respecto a la Horta, la criatura protagonista de la historia, apreciándose así una mayor interrelación entre la psicología de los personajes y el desarrollo de las historias.

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The Galileo Seven

Continuando en la primera temporada, la unión entre el capitán y su primer oficial se manifiesta de nuevo en “La colección de fieras” (“The Menagerie”, 1966 [1.11/1.12]) -único episodio en dos partes de toda la serie, donde se retoma metraje del piloto no emitido en el estreno, “The Cage” (1964/1986[1.0]), en el que, para salvar a Kirk, Spock no duda en transgredir las normas, poniendo en peligro su puesto en la Flota. Tal muestra de lealtad se verá recompensada, de modo un tanto peculiar, en “Esa cara del Paraíso” (“This Side of Paradise”, 1967 [1.24]), donde unas esporas espaciales revelan la faceta humana de Spock al permitirle abandonarse a las emociones (y olvidar, a la vez, sus cometidos en la Enterprise), obligando a Kirk a obsequiarle con una serie de insultos con el fin de enfurecerle y hacerle recapacitar, con notable riesgo para su integridad física por otra parte, ya que la fuerza de un vulcano desatado es considerable. Obviando este detalle, podría quedar alguna duda sobre el esfuerzo imaginativo del capitán a la hora de proferir los improperios, mas la verdadera naturaleza de sus sentimientos queda posteriormente fuera de cuestión en “Operación: aniquilación” (“Operation Annhilate!”, 1967 [1.29]), donde este se ve tan afectado por el mal que sufre Spock (quien aquí queda temporalmente ciego) como para reprochárselo al doctor, de forma indirecta por temor a herirle, puesto que este ya se siente bastante mal al haber perdido la vista el vulcano por acceder a someterse a un experimento; estamos ante un episodio particularmente relevante en este aspecto, pues no solo afloran los sentimientos de protección entre los tres personajes, sino que se desarrolla una serie de conflictos que rubrican la complejidad que caracteriza su unión.

Una vez establecida dicha complejidad, la segunda temporada se inicia con un verdadero punto de inflexión: “La época de Amok” (“Amok Time”, 1967 [2.1]), episodio importante por diversas razones, entre las cuales nuestros amigos representan parte destacada, puesto que, a partir de aquí, esa mayor interrelación trío-historias se convierte en una constante: de hecho, una de las mayores bazas del episodio la constituye la perfecta construcción del guion por parte del gran Theodore Sturgeon, hábil e iconoclasta escritor que no solo teje uno de los primeros estudios en profundidad de una sociedad alienígena realizados en la saga, sino que, conocedor del valor emblemático del trío galáctico, descubre nuevos y reveladores aspectos de su naturaleza y articula todos y cada uno de los elementos de la trama en torno a este.

En efecto, ya desde el principio la historia adquiere un tono inquietante: Sturgeon, sin duda influido por la dualidad mostrada en “Esa cara del Paraíso” y el concepto de la doble naturaleza inherente al ser humano que tantos mitos y joyas literarias ha creado, aporta matices más oscuros a lo expuesto en el citado episodio, desvelando -para asombro del capitán y los propios espectadores- la verdadera condición violenta de los vulcanos, reprimida por una férrea adhesión a la frialdad de la lógica; más tarde, cuando el oficial científico muestra su necesidad vital de culminar el ritual de cortejo de su raza -más conocido como pon farr-, la unión con Kirk y McCoy se ve puesta a prueba una vez más, no dudando ambos, como hiciera Spock en “The Menagerie”, en arriesgarse y descender con su amigo a su mundo natal[5], viéndose inmersos en una sociedad hostil donde el ritual conlleva más importancia que los individuos, a través de la liberación de poderosos instintos primordiales que implica a nuestros héroes, obligándoles a un dramático enfrentamiento.

Cuando el desenlace parece haber llegado a su extremo más trágico, Spock deja de lado -voluntariamente- su rigidez emocional para mostrar sin tapujos sus sentimientos (lo que, para un vulcano, equivale a desnudarse), para luego disimularlos improvisando una justificación racional, que no hace otra cosa que refrendar el apego más que fraternal de Spock por su capitán. Nunca hasta este momento la unión entre los tres personajes había pasado una prueba tan dura ni tan descarnada, ni las emociones expuestas tan a flor de piel.

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Theodore Sturgeon

 

La prueba, por otra parte, no será liviana tampoco para McCoy (“No se lo cree ni él”, es la sentencia del doctor hacia el falso razonamiento del vulcano), quien a la postre se revela como el mejor conocedor de Spock a pesar de las numerosas ocasiones en que su actitud le saca de quicio. En este sentido, las discusiones entre ambos personajes -la eterna lucha entre la cabeza y el corazón, podría decirse-, serán una constante en la que a veces queda muy difusa la frontera entre la mera gresca amistosa y una verdadera confrontación: expresiones como “duende de sangre verde”, “desagradecido” o “inhumano”, aunque puedan parecer simpáticas fuera de contexto, hacen dudar a los testigos que no les conocen, obligando más de una vez a Kirk a actuar como mediador, así en “Espejo, espejito” (“Mirror, Mirror”, 1967 [2.4.]), donde la ironía de Kirk suaviza la sutil reflexión de Spock sobre la barbarie de la humanidad tras visitar el Universo Espejo (sin dejar de mirar al doctor), evitando sin duda una nueva bronca; o en “Pan y circo” (“Bread and Circuses”, 1968 [2.25]), donde hace la observación definitiva sobre el comportamiento de estos dos: “¿Son enemigos?” “No lo saben ni ellos”[6]. La excepción confirma la regla y, a veces, son Spock y McCoy los que deben hacer entrar en razón a su capitán: así ocurre en “Obsesión” (“Obssesion”, 1967 [2.13])[7], donde Kirk se convierte en émulo del capitán Ahab al perseguir implacablemente a una especie de vampiro espacial que masacró a los tripulantes de la Farragut, nave en la que anteriormente había servido.

Así, a la postre se evidencia la profundidad de la lealtad entre los tres tripulantes y los sacrificios y riesgos que cada uno está dispuesto a afrontar por el otro, hasta el punto de que, en numerosas ocasiones, será este espíritu de fraternidad y sacrificio el que decida su destino. Así, en “La manzana” (“The Apple”, 1967 [2.5]) -donde, pese a salvar el vulcano a su capitán, McCoy tiene numerosas ocasiones para lanzarle sus pullas a Spock, ante el desconcierto del vulcano frente a las costumbres sexuales de la sociedad alienígena que aquí encuentran- , “Los años de la muerte” (“The Deadly Years”, 1967 [2.12]) -otra dura prueba para su amistad, al sufrir una enfermedad degenerativa que les hace envejecer prematuramente, con todas las limitaciones mentales, no solo físicas, que ello conlleva-, “El síndrome de inmunidad” (“The Inmunity Syndrome”, 1968 [2.18]) -aquí la tensión entre Spock y McCoy se hace especialmente palpable ante la amenaza de una ameba espacial que absorbe la energía vital de todo ser vivo que halla en su camino, traduciéndose en una demostración de dignidad, en la que ambos rivalizan para sacrificarse en aras de la salvación de la nave y sus compañeros de tripulación, lo que no hace sino confirmar (aunque ninguno lo admitiría jamás) el enorme apego que les une- o “El mejor ordenador” (“The Ultimate Computer”, 1968 [2.24]), una de las más entrañables demostraciones de lealtad por parte de Spock a Kirk, apoyándole constantemente al ser este relegado a funciones de mero observador ante la intrusión de una computadora de última tecnología, lo que supone un duro golpe al orgullo del capitán.

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The Paradise Syndrome

 

La tercera y última temporada, por su parte, constituye una reafirmación de lo establecido en la anterior, con preponderancia de situaciones en que la cohesión del trío se verá puesta de nuevo a prueba ante la situación de peligro de uno de sus integrantes, obligando a los demás a darlo todo para salvar a su camarada, quizá para reforzar la tensión dramática y compensar la escasez de presupuesto que será especialmente notoria en esta etapa. Así sucederá con la amnesia de Kirk en el planeta habitado por indios de “El síndrome el Paraíso” (“The Paradise Syndrome”, 1968 [3.3]), con un descerebrado Spock en la surrealista “El cerebro de Spock” (“Spock’s Brain”, 1968 [3.1]) -donde el doctor tiene ocasión de demostrar sus cualidades realizando una operación diríase imposible que, además, le permite hurgar a su gusto en los vericuetos mentales del vulcano-, con un enfermo McCoy en la agridulce “Pues el mundo es hueco y yo he tocado el cielo” (“For the World is Hollow and I Have Touched the Sky”, 1968 [3.8]) u otra vez Spock, mostrando su faceta humana con una mujer del pasado en la también melancólica “Todos nuestros ayeres” (“All Our Yesterdays”, 1969 [3.23])[8].

Excepciones hay a dicha norma, no por casualidad, en algunos de los mejores episodios de esta temporada, con argumentos más trabajados, como el de “El incidente del Enterprise” (“The Enterprise Incident”, 1968 [3.2]), donde nuevamente la complicidad entre Kirk y Spock soslayará toda sospecha de traición por parte del vulcano, eje principal de esta trama de espionaje con romulanos, o el de “La empática” (“The Empath”, 1968 [3.12]), episodio en el que la citada escasez de presupuesto -aquí especialmente palpable- se ve subsanada por la fuerza interpretativa de sus protagonistas y la especial sensibilidad que Joyce Muskat insufla a su guion, articulando la trama, según la lección de Sturgeon, en torno a la camaradería y el espíritu de sacrificio de nuestros tripulantes, en un argumento que por otra parte recuerda mucho al de “The Cage”, con el trío tomando el relevo del capitán Pike.

Muy significativo, en este sentido, será el inquietante “La telaraña tholiana” (“The Tholian Web”, 1968 [3.9]), episodio en el que las decisiones de Spock y McCoy no solo serán decisivas para salvar a Kirk, atrapado en una dimensión paralela, sino para ayudar al resto de la tripulación a mantener la calma, en especial a Uhura, cuyos sentimientos por el capitán, implícitos a lo largo de toda la serie, quedan ya evidenciados, lo que con toda probabilidad preparó a los espectadores para el mítico beso interracial de “Los hijastros de Platón” (“Plato’s Stepchildren”, 1968 [3.10])[9]. La tensa atmósfera acrecentada a lo largo del episodio, por otra parte, y muy en especial la tensión palpable entre Spock y McCoy, aquí desprovistos del equilibrio mediador de Kirk, recuerda mucho a la lograda en el magnífico “The Inmunity Syndrome”. El resto de episodios con los que concluirá la temporada y la serie no estarán ya a la altura de los mencionados, si bien la fusión mental de Spock con un Kirk abatido por haber causado la muerte de su amada en “Réquiem por Matusalén” (“Requiem for Methuselah”, 1969 [3.19]) no deja de resultar entrañable: “Olvide”, musita el vulcano con un fugaz estremecimiento, pues, al unirse de una forma tan íntima con su capitán, su lado humano ha cobrado durante algunos instantes una fuerza inusitada.

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Turnabout Intruder

 

La serie, al fin, concluirá con “La intrusa traidora” (“Turnabout Intruder”, 1969 [3.24]), simpático episodio que, sin embargo, no logra una despedida a la altura de lo que una serie como esta hubiese merecido (lo que, por otra parte, no es de extrañar teniendo en cuenta su prematura cancelación) y en el que, como no podía ser menos, serán McCoy y Spock quienes descubran y revelen la impostura de la mujer que ha poseído –mentalmente- a su capitán. Durante el largo período en el que solo el fervor de los seguidores y la posterior -y magnífica- serie de animación mantuvieron vivo el espíritu Trek, nuestros tres amigos no tuvieron demasiadas ocasiones de mostrar de nuevo su probado apego, salvo, dentro de la citada serie, en el espléndido “Los años del pasado” (“Yesteryear”, 1973 [1.2]), en el que D.C. Fontana, responsable de algunos de los mejores guiones de la saga (tanto en la etapa clásica como en La nueva generación), y buena conocedora del universo Trek, retoma el planteamiento de nada menos que “The City on the Edge of Forever”, haciendo que esta vez sea Spock quien viaje a través del Guardián del Tiempo, en concreto a su infancia en Vulcano, lo que permite, no solo mostrar la fidelidad entre los tres amigos, arriesgando Kirk y McCoy incluso el continuo temporal para rescatar a Spock, sino exponer en profundidad facetas de la vida cotidiana en la sociedad vulcana que hasta ahora solo habían sido comentadas[10]. Ya en “Albatros” (“Albatross”, 1974 [2.4]), episodio de la segunda y última temporada, será McCoy, acusado de genocidio en un planeta donde él mismo extinguió una plaga, quien de nuevo haga actuar a sus amigos para investigar lo sucedido y socorrerle.

Al fin, tras el feliz salto de la saga a la gran pantalla de la mano de Robert Wise en Star Trek: la película – La conquista del espacio (Star Trek: The Motion Picture, 1979), ese espíritu retomó su protagonismo con más fuerza que nunca en la segunda y tercera entregas de la saga, Star Trek II: La ira de Khan (Star Trek II: The Wrath of Khan, 1982), de Nicholas Meyer, y Star Trek III: en busca de Spock (Star Trek III: The Search for Spock, 1984), dirigida por el propio Leonard Nimoy[11]. Nunca como hasta entonces había quedado tan patente la profundidad de la unión Kirk-Spock-McCoy, en particular en la segunda, película especialmente querida por los trekkies al ser continuación directa de uno de los episodios más populares de la serie, “Semilla espacial” (Space Seed, 1967 [1.22]), si bien lo que en realidad impactó a los espectadores fue su final, la muerte de Spock[12], en una de las secuencias más dramáticas y sentidas de toda la historia Trek y, probablemente, de la ciencia ficción. Si bien el final abierto deja muy claro que el vulcano regresaría, no por ello la secuencia deja de emocionar, en especial a través de las reacciones de aquellos que le rodean: Kirk, en un desgarrador tour de force por parte de William Shatner, evidencia la quiebra vital que para él representa la pérdida de su más querido amigo; Nicholas Meyer, por su parte, y con el buen criterio que le caracteriza, enriquece la secuencia con numerosos detalles que enfatizan la afinidad y respeto mutuo entre ambos personajes. Así, Spock, ya moribundo, se arregla el uniforme antes de despedirse de su capitán, para luego unirse con él mediante el saludo vulcano y el lema, extensible al espíritu de la propia saga, “El bienestar de la mayoría supera al de la minoría”[13]. Para Kirk, por noble que haya sido el sacrificio, su caída representa la soledad, la ausencia del amigo a quien recurrir.

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Star Trek II

 

La lacónica frase de McCoy, tantas veces citada en la serie, “Ha muerto, Jim”, adquiere aquí un carácter especialmente lapidario, pues con el vulcano se han ido muchas cosas; quizá por ello, será el propio doctor quien se encargue de atenuar la amargura de la situación, en un intento de confortar a Kirk: “No habrá muerto mientras siga vivo en nuestro recuerdo”. Spock, en efecto, forma parte ya parte indisoluble de ellos, y nadie puede saberlo mejor que el propio doctor, pues, antes de realizar su sacrificio, el vulcano le arrincona y efectúa con él la fusión mental, en una suprema muestra de respeto y estima -mayor aún que la mostrada hacia Kirk- al elegir a McCoy para perpetuar su esencia a través de él, lo que da buena prueba del gran vínculo que, por encima de discusiones y confrontaciones, en realidad les unía. Es lástima que el guion de la siguiente entrega no aproveche el cúmulo de posibilidades que semejante desenlace ofrecía.

En efecto, los conflictos mentales y confusión de personalidades sufridas por McCoy tras la fusión, que deberían constituir un punto clave en el desarrollo del tercer film, se reducen a un mero esbozo[14] a favor de la anécdota aventurera del rescate y transmigración de Spock a su propio cuerpo, a través de la exploración de su infancia y posterior llegada a la madurez en el seno del planeta Génesis, creado en el film previo. La película queda, pues, como un producto interesante pero irregular, un intento fallido de aunar acción, espectacularidad e intimismo que podría haber dado mucho más de sí; ya en la siguiente y cuarta entrega, Star Trek IV: misión salvar la Tierra[15] (Star Trek IV: The Voyage Home, 1986), de nuevo dirigida por Nimoy, resulta de lo más sorprendente que la única consecuencia para el doctor, tras su comunión mental con Spock, sea su curiosidad (por otra parte, lógica) por lo que pueda haber más allá de la muerte, curiosidad que se verá respondida por el estoicismo de Spock y la subsiguiente irritación de McCoy, que ve muy poco recompensado el sufrimiento que le causó su sacrificio por el vulcano, tanto a él como a Kirk, quien, de forma similar a la de “Amok Time”, lo arriesgó todo, tripulación incluida esta vez, para salvar a su amigo.

En cualquier caso, tras la divertida peripecia en el San Francisco del siglo XX, donde la complicidad entre el capitán y Spock crea algunos gags notables, y el interludio fordiano con el trío al calor de la hoguera[16] en el inicio de Star Trek V: The Final Frontier [tv/vd/dvd/bd: Star Trek V: la última frontera, 1989) -esta vez dirigida por William Shatner-, la imposibilidad de que los miembros del trío puedan actuar por separado queda, una vez más, puesta de manifiesto en la sexta y última entrega protagonizada por la tripulación clásica, Star Trek VI: Aquel país desconocido[17] (Star Trek VI: The Undiscovered Country,1991), donde Nicholas Meyer retoma las riendas de la dirección con gran acierto, pues, consciente de que la película representa una despedida frente a la pujanza televisiva de La nueva generación, recupera el espíritu de la serie implicando a nuestros ya talluditos héroes en una aventura que aúna aliento épico e introspección, y donde, cómo no, el trío juega un papel básico: así, Kirk y McCoy se ven enfrentados a una dura prueba: sobrevivir en una cárcel klingon, donde deberán unir fuerzas e ingenio para fugarse y regresar a su nave, mientras Spock, como ya hiciera en “The Menagerie”, no duda en arriesgarse por sus amigos organizando un rescate, lo que con toda seguridad hubiese hecho aun no debiéndole a estos la vida. A la vez, desmantela una conspiración de la que depende la paz en la galaxia y, de paso, aprovecha para revelar su parentesco con cierto detective consultor terrestre…

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Star Trek VI: The Undiscovered Country

Los años y décadas pasaron, el éxito monumental de La nueva generación quedó en la historia, y, frente a la taquilla de un nuevo siglo que ya no respondía con el mismo fervor al postulado humanista de Roddenberry, nuestra tripulación se vio inmersa en una realidad alternativa, comenzando un renovado periplo fílmico con nuevos y juveniles rostros encarnando a nuestros viejos amigos. En lugar de aprender del fracaso comercial que también sufrió la serie original, los responsables de esta nueva saga optaron por realizar una serie de action movies al uso, con preponderancia de la acción frente a la reflexión, como queda bien patente en la tercera y hasta ahora última entrega, Star Trek: más allá (Star Trek Beyond, 2016, de Justin Lin. Así, tras un prometedor inicio sepultado (nunca mejor dicho) por la habitual avalancha de explosiones, puñetazos y fuegos de artificio, la adrenalina se erige en verdadero y único protagonista, llevando al film a la vacuidad más absoluta, donde Kirk y McCoy se convierten en meros émulos de Han Solo y Luke Skywalker y solo brilla la relación entre Spock y el doctor.

Es curioso que sea precisamente en esta película donde al menos se intenta dar cierta importancia a la mítica camaradería de nuestros personajes: así, McCoy demuestra su apego hacia el vulcano, arriesgándose por él en una situación de peligro, lo que no libra a Spock de ser obsequiado con algunas réplicas del primero, ingeniosas a pesar de algún chiste escatológico que los guionistas tuvieron a bien poner en boca de ambos. No cabe duda de que estos (demasiado) fugaces atisbos del verdadero espíritu Trek son lo mejor de esta nueva caja de truenos en celuloide, gracias en buena parte a la espléndida labor de Zachary Quinto y Karl Urban, no solo de notorio parecido con Leonard Nimoy y DeForest Kelley respectivamente, sino excelentes intérpretes.

No sabemos lo que esto puede significar de cara a las próximas entregas[16], si la definitiva pérdida de identidad de la saga, si el comienzo de nuevos rumbos más acordes con la visión de Roddenberry; en cualquier caso, en el aquí y ahora, al menos queda el consuelo de la pervivencia de la amistad[17], más allá de cualquier taquilla, más allá de cualquier contingencia, más allá de cualquier mundo. La Enterprise seguirá explorando lo desconocido, pero, como dice Kirk: “Esto no lo podemos hacer solos”.

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[1] Súmese a ello la nueva serie de televisión que está en rodaje, Star Trek: Discovery, y que se ambienta diez años antes de lo acontecido en la serie clásica, y dentro del universo canónico, lo cual podría suponer la reaparición de nuestros personajes.

[2] Como en la primera entrega, el verdadero Spock, atrapado en la realidad alterna, le dice a un bisoño Kirk: “Nuestra amistad será legendaria”.

[1] Una buena muestra, dentro de la ciencia ficción, es la representada por Perdidos en el espacio (Lost in Space; 1965-1968), donde la peripecia interestelar de la tradicional familia protagonista contrasta notablemente con los personajes que pueblan la creación de Roddenberry (si bien la premisa básica de la serie -anterior, no lo olvidemos- debió influir de algún modo).

[2] Caravana (Wagon Train; 1957-1965) fue una excelente serie del Oeste, acerca de una caravana de colonos que se dirige hacia California, y que durante el camino, episodio a episodio, viven aventuras. Roddenberry vendió el concepto de Star Trek, como se ha dicho, como una “Caravana a las estrellas”.

[3] Ejemplo claro de ello esLa ciudad en el límite del tiempo” (“The City on the Edge of Forever”, 1967 [1.28]), uno de los mejores episodios de toda la serie, donde McCoy desencadena la trama, y nadie se extraña de que sean Kirk y Spock -y no otros- quienes viajen en el tiempo para resolver la situación y salvar al doctor. El abrazo final de este a un desconsolado Kirk queda, no obstante, como una de las imágenes icónicas representativas de la amistad entre ambos personajes.

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The City on the Edge of Forever

 

[4] En este episodio, William Shatner sufrió la muerte de su padre; aunque el actor prefirió acabar el rodaje, tuvo el apoyo de Leonard Nimoy en todo momento, lo que creó un vínculo de afecto que, de alguna manera, se transmite al propio episodio.

[5] Esta vez, el motivo de que los tres desciendan en solitario se ve totalmente justificado: Spock no tiene otra opción, ya que, como vulcano, obviar el pon farr le acarrearía serias consecuencias físicas, incluso la muerte; McCoy por motivos médicos; y Kirk para coordinar el equipo y no implicar a ningún tripulante más, puesto que al optar por ayudar a su amigo, los dos oficiales han transgredido una orden directa de la Flota Estelar.

[6] No obstante, Spock también se permite a veces obviar su habitual estoicismo y tomarse la revancha: así, en “Hijo de un jefe” (“Friday’s Child”, 1967 [2.11]), en el que el vulcano manifiesta abiertamente su regodeo al ver a McCoy haciendo de padre adoptivo.

[7] De hecho, por una vez, Spock se digna confiarse a McCoy solicitándole ayuda, a lo que el doctor responde con un escueto “Necesito una copa”. No es para menos, pero no nos engañemos: Spock quiere una explicación sobre la obsesión, un comportamiento humano que no puede entender.

[8] Es lógico ese tono nostálgico en ambos episodios, pues, por paradójico que parezca, es el amor la fuerza motriz y fuente de conflicto de ambos argumentos.

[9] Aunque fuese con la excusa moral de que ambos están poseídos por entidades alienígenas.

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Lust in Space

 

[10] De hecho, este es uno de los pocos episodios de esta serie cuyo argumento se integró en el canon (es decir, la cronología oficial de la saga).

[11] Con este título se inaugura la tendencia a que sean los propios actores los encargados de dirigir las sucesivas entregas, haciendo así que la etapa fílmica adquiera un carácter más familiar.

[12] Aquello representó un auténtico desafío para Nimoy, razón por la cual aceptó participar en la entrega.

[13] Este lema podría explicar, sobre todo en estos días, la razón por la que la saga tiene tantos seguidores como detractores.

[14] Esta posibilidad, sin embargo, y ya dentro de La nueva generación, sí es aprovechada en el soberbio episodio de la tercera temporada “Sarek” (“Sarek”, 1990 [3.23]), donde, una vez más, Patrick Stewart demuestra su excelencia interpretativa ante la lucha interna de Picard al realizar la fusión mental con el padre de Spock.

[15] Ante la raquítica taquilla que, según parece, arrojaba la franquicia en España, el film se estrenó meramente como Misión: salvar la Tierra; posteriormente ha sido añadida la denominación de la saga y su numeración en posteriores pases televisivos y en ediciones en vídeo, DVD y blu-ray.

[16] La escena fue rechazada de plano por una gran parte de los aficionados, al considerarla poco Trekkie ¿¿¿???

[17] Aquí sucedió exactamente igual a lo referido en la nota 15. De hecho, la previa entrega ni llegó a estrenarse en cines.

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Una respuesta to “La trinidad galáctica: Kirk, Spock y McCoy”

  1. La serie me encantaba y la nueva generación aún más. Eso me hizo comenzar a escribir ciencia ficción y ha leer todo lo que de ese género caía en mis manos.
    Es más ahora voy a alguna feria de libros y traigo varios todos del género y algún otro si hay, sobre el arte de escribir.Después de tantos años sigo fiel a la serie y considero que siempre se puede aprender algo.
    Un abrazo.

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