El juego de Gerald (Gerald’s Game) (2017)

El matrimonio Burlingame está entregado a cierto juego sexual, consistente en esposar a ella a la cabecera de la cama y él interpretar el personaje de un supuesto atacante. Pero entonces él muere de un ataque al corazón, y ella se queda allí, encadenada y en soledad, sin que nadie parezca estar disponible para prestar ayuda.

Dirección: Mike Flanagan. Producción: Intrepid Pictures. Productor: Trevor Macy. Co-productora: Melinda Nishioka. Productores ejecutivos: Ian Bricke, Matt Levin, D. Scott Lumpkin. Guion: Mike Flanagan, Jeff Howard, según la novela de Stephen King. Fotografía: Michael Fimognari. Música: The Newton Brothers. Montaje: Mike Flanagan. Diseño de producción: Patrick M. Sullivan Jr. Efectos especiales: Robert Kurtzman (efectos especiales de maquillaje), Bret Culp, Martin Tori (supervisores de efectos visuales). Intérpretes: Carla Gugino (Jessie Burlingame), Bruce Greenwood (Gerald Burlingame), Henry Thomas (Tom), Carel Struycken (Moonlight Man), Kate Siegel (Sally), Chiara Aurelia (Jessie de niña), Natalie Roers, Gwendolyn Mulamba, Jon Arthur, Tom Glynn, Kimberly Battista, Stu Cookson, Nikia Reynolds, Chuck Borden, Charles Adams, Victoria Hardway, Bill Riales, John Ceallach, Joseph Chadwick Kinney, Tony Beard, Dori Lumpkin, Clint Edwards, Brad Spiers, Karlie Bowman, Marcus Deshaun Richardson, Shannon J. Jackson, Michael Amstutz, Cliff Hamilton, Shane Jackson, Robert Gill, Adalyn Jones… Nacionalidad y año: Estados Unidos 2017. Duración y datos técnicos: 103 min. Color 2.35:1.

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En cierta manera, El juego de Gerald (Gerald’s Game, 1992) es una novela que sigue una estructura similar a Cujo (Cujo, 1981); es decir, se centra en una única idea, sobre la cual pivota toda la narración. Aunque si en Cujo esa idea disponía de determinados preámbulos que derivaban en esa situación, aquí no sucede lo mismo, sino que arranca directamente con la propia situación. Por supuesto que un planteamiento así no tiene mucho que desarrollar, a menos que se “adorne” de alguna manera. Y esa manera es apelar a la memoria y los recuerdos, a los pensamientos y las reflexiones a las que Jessie, la protagonista, se ve obligada a recurrir mientras la angustia se va apoderando de ella poco a poco. Estos elementos son muy útiles para que Stephen King despliegue su entusiasmo hacia la divagación y hacer rememorar a los personajes situaciones pasadas. Algunos son interesantes, desde luego, pero el primer tercio de la novela se dilata en exceso, y puede conducir al abandono de la lectura a más de uno. Quizás con una estructura más corta, al estilo de Dolores Claiborne (Dolores Claiborne, 1992) –novela con la que forma una especie de díptico– hubiera obtenido más densidad y habría sido más directa. Aquí tenemos, pues, a la protagonista centrada en constante conversación con su conciencia, escindida metafóricamente en diversas personalidades.

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Desde 2014 se arrastraba la idea de adaptar la novela, ya con dirección de Mike Flanagan, hasta que al fin, gracias a la participación de la cadena de televisión Netflix, el proyecto ha salido adelante. El resultado es una de las películas más fieles al texto de King que existen, dado que incluso repite frases literales, tanto procedentes de los diálogos como del texto descriptivo, puesto este en boca de algún personaje.

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Como cabía esperar, gran parte de la carga introspectiva ha sido eliminada, para dar cabida a más argumento descriptivo. De ese modo, hay un prólogo de unos quince minutos que no existe en el libro, aunque se sobreentiende. Eso sí, el director ve la necesidad de justificar la presencia posterior del perro[1], así como hacer que por la radio surja una información sobre profanaciones en un cementerio, para conectar con lo que sucederá más tarde. Esa desesperante manía actual de tratar de explicarlo e hilvanarlo todo…

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El cambio más llamativo estriba en los “personajes” que se aparecen ante la protagonista, alegorías estas de sus reflexiones internas. En el libro eran tres: dos versiones diferentes de ella misma, en diferentes estadios de madurez, y una de una antigua compañera de universidad (que desaparece totalmente en el film); aquí tenemos a ella misma, y a su marido muerto, este último sin duda añadido para otorgar más papel a ese excelente actor que es Bruce Greenwood. El otro cambio drástico es el final, donde Jessie hace frente al criminal en medio de la corte; la reacción de la mujer en el libro me pareció algo bastante fuera de tono, con ella escupiendo a una persona que sin duda era un disminuido psíquico; en el film se resuelve con mayor diplomacia e inteligencia.

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Flanagan aprovecha esa trama para, por un lado, potenciar un ejercicio de suspense donde la desesperación de Jessie va yendo en aumento de modo paulatino; y por otro escarba en la personalidad de la mujer, lacerada a causa de un incidente acontecido en su pasado, cuando, durante un eclipse, su padre abusó sexualmente de ella. De ese modo, ambas situaciones pivotan en círculo, siendo una, en cierta manera, consecuencia de la otra, y habiendo de exorcizar ese fantasma del pasado para hacer frente al del presente.

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De esa manera, el personaje que acecha en la oscuridad, contemplándola en un aterrador silencio, ese psicópata violador de tumbas, así como de sus moradores, resultaría una enseña sobre el otro monstruo que tortura su existencia, esto es, su propio padre. Cuando por fin logra asumir esa circunstancia y pasar página, como si dijéramos, la circunstancia actual es también dada de lado, y Jessie logra seguir adelante. El monstruo desaparece, se quita la máscara, y se convierte también en una víctima.

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Pieza de cámara, con prácticamente un único escenario, salimos de ahí en tres ocasiones: el prólogo introductorio, el flashback del eclipse y el abuso, y el epílogo en el juzgado. Cada uno de ellos representa tres estadios emocionales diferentes de la protagonista, y cabe destacar el ambiente preciosista pero pesadillesco de los momentos del eclipse, ligado a ese trauma que marca la infancia y la edad de adulta de Jessie.

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Una película de esas características, desde luego, precisa unas interpretaciones que consigan que el espectador se crea esas situaciones, y se logra sobradamente por medio de una extraordinaria Carla Gugino como Jessie, que calibra con notable tino la gradación paulatina de la histeria en la cual va incursionando, intentando controlarse a sí misma; Bruce Greenwood como su marido, Gerald Burlingame, alguien en apariencia agradable, cercano y directo, aunque tras esa grata fachada se oculta un hombre con pliegues más oscuros; Henry Thomas como Tom, el padre de Jessie, un personaje que ha de luchar contra la monstruosidad que percibe en él mismo, que es al mismo tiempo verdugo y víctima, y que nos demuestra que el niño de E.T. ha madurado esplendorosamente, aunque siga una carrera dispersa; y por último, el entrañable Carel Struycken –La familia Addams, Twin Peaks, Star Trek: la nueva generación– como ese enfermo mental y con acromegalia, que se halla a mitad de camino entre los simbólico y lo real.

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No es una joya, como ha sido calificada ampliamente, pero sí una película más que interesante que mejora una de las novelas más flojas de su autor, calibrando con mayor precisión los distintos elementos que confluyen en ella.

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Anécdotas

  • Rodada en la localidad de Mobile, Alabama, entre el 17 de octubre y el 13 de noviembre de 2016.
  • El personaje “Moonlight Man” es descrito como que padece de acromegalia. El actor que lo interpreta, Carel Struycken, realmente sufre esa enfermedad, aunque ha sido caracterizado para exagerar sus rasgos.
  • En un momento dado Gerald llama al perro Cujo, en guiño a otra novela de King. El mismo personaje también hace una alusión a la saga de La Torre Oscura, a través de la frase “todo sirve al haz”.
  • La referencia de Jessie a una mujer y un pozo es un guiño a Dolores Clayborne, novela que se interconecta con El juego de Gerald por medio de una especie de conexión telepática entre ambas protagonistas.
  • Exhibida en Estados Unidos el 24 de septiembre de 2017 en el Fantastic Fest, y después estrenada por Netflix el 29 de septiembre de 2017.

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Bibliografía

  • El juego de Gerald; por Stephen King; traducción de María Vidal. Barcelona: Debolsillo, 2005. Colección: Bestseller; 102 – Biblioteca de Stephen King; 42. T.O.: Gerald’s Game (1992).

Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)

 

[1] En el libro sabremos que el perro abandonado se llamaba Príncipe; la protagonista lo denominará así cuando le intenta dar de comer.

 

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