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“El sueño eterno”, por Carlos Díaz Maroto

Posted in Ciencia ficción, Creación, Relatos on 24 octubre, 2016 by belakarloff

EL SUEÑO ETERNO

Por

CARLOS DÍAZ MAROTO

 

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            Aquella mañana me desperté con una resaca tremenda. Bueno, suponía que era una resaca, porque en verdad no recordaba nada de lo que había hecho la noche anterior. Me levanté renqueante y me trasladé al cuarto de baño, donde me di una rápida ducha para limpiarme más por dentro que por fuera, y así trasladar por el desagüe toda la confusión que taponaba mi cerebro. Mientras el agua me chorreaba por la piel me quedé con los brazos apoyados contra los azulejos, dándole vueltas a algo que me obsesionaba desde hacía días. No recordaba cuándo empecé a pensar en ello, pero de pronto me di cuenta de una serie de olvidos, olvidos graves, que estaba padeciendo. En realidad, era amnesia pura y dura, si así puede llamársele, puesto que carezco de conocimientos médicos. Desde hacía días era consciente de que gran parte de mi vida, sencillamente, no estaba en mis recuerdos, que facetas de mi existencia se habían diluido en mi memoria como el azúcar en un café muy cargado.

            Salí de la ducha y me afeité, y mientras miraba a aquel desconocido en el espejo me pregunté quién era. Mi nombre era Dixon Hill, de profesión detective privado. Y eso era todo. O casi todo. Recordaba el caso en el que había estado involucrado hacía unas semanas, cuando investigué la desaparición de unos importantes documentos de la caja fuerte de un industrial. O aquel otro caso, sobre la fuga de una adolescente del hogar paterno. Pero no había nada más, salvo casos y más casos, algunos espectaculares, los más rutinarios. De pronto, era consciente de que no recordaba nada sobre mi infancia, sobre unos padres, siquiera sobre mí mismo…

            Abandoné el apartamento que compartía con unas diminutas inquilinas rubias, nada despampanantes, por cierto, y me dirigí a mi oficina, aunque todavía era temprano para abrir el despacho. Pero qué más daba, cuando literalmente no tenía vida privada. Mi vida era mi trabajo, y sólo algún whisky y alguna rubia (esta sí, despampanante) aliviaban esa rutina. Tomé un tranvía y me dejé llevar las pocas calles que me separaban de la oficina; no me apetecía caminar ese día, tardaría más en llegar y ello supondría pensar por más tiempo. El tranvía tomó varias cuestas, tan renqueante como yo, y al fin me dejó enfrente del edificio de oficinas donde había asentado mi despacho.

            Antes de entrar me pasé por el puesto de periódicos y saludé a Dick, el dependiente, con su sempiterna sonrisa irónica y el rostro plagado de arrugas, que le hacía aparentar más edad de la que realmente tenía. Me quedé mirando los titulares de los periódicos: en Yugoslavia había habido un golpe de estado; el suicidio del espía Walter Krivitsky en Washington se suponía provocado por agentes soviéticos; Hugh Mulcahy se había convertido en el primer jugador de las grandes ligas reclutado para la guerra.

―El mundo cada vez está peor, señor Hill ―comentó Dick ajustándose bien la gorra de plato.

            Subí las escaleras, sucias, y tomé el largo pasillo hasta mi despacho. La puerta de cristal proclamaba a gritos mi nombre y ocupación. Entré, y no acababa más que andar dos pasos cuando sonó una llamada a la puerta. Asombroso, no había oído pasos detrás de mí en el pasillo.

            Abrí la puerta y me encontré ante un hombre alto, de más de un metro noventa, pelo corto, rebelde y castaño, con leves entradas, ojos azules y unos labios carnosos. Vestía impecablemente a la moda, como si acabara de salir del sastre, y ofrecía un aire que me hizo pensar al instante que se trataba de un extranjero.

            ―¿Señor Hill? ―preguntó, un tanto gratuitamente, pues quedaba evidente que yo no era mi secretaria.

            ―En efecto, señor… ―respondí, invitándole a darme su nombre.

            ―Ehm… Archer… ―contestó titubeante―. Lew Archer[1]

            El nombre no me dijo nada, pero supe de inmediato que era falso. Hice pasar a aquel individuo y le ofrecí sentarse ante mi despacho; yo realicé lo mismo en mi propio lado, y el sillón chirrió como siempre, con aquel chillido lastimero como el de un gato callejero inmerso en una pelea, y adopté la actitud que me pareció más profesional…

            ―¿Qué se le ofrece, señor… Archer? ―inquirí.

            ―Bueno, desearía contratarle. Sospecho que mi mujer me engaña…

            ―Uhm… ―respondí anodinamente, reflexionando sobre lo convencional del encargo. Ante la apariencia del hombre, yo esperaba que se hubiera tratado de un caso de notoria importancia. Un simple adulterio. Qué se le iba a hacer…

            ―Sin embargo, desearía solicitarle… algo especial ―añadió.

            ―Le escucho ―informé, mientras encendía un Pall Mall.

            ―Desearía que, durante todo el proceso de investigación… yo… estuviera presente.

            Quedé cavilando unos segundos.

            ―¿Sabe lo que eso significa? ―le espeté junto a una bocanada de humo―. Habremos de seguir a su esposa, y ella puede reconocerle en cualquier momento. Yo puedo estar al lado de ella, vigilándola, sin que perciba nada, pero con usted junto a mí comprenderá que es de todo punto imposible…

            ―Sí, bueno… Algo se le ocurrirá.

            Recapacité. Por qué no. No tenía ningún otro caso entre manos en aquel momento, y los machacantes son machacantes, procedan de un adulterio o de un caso de extorsión en las altas esferas.

            El hombre me extendió un sobre, de cuyo interior extraje la foto de una mujer. Otra rubia. No como las de mi apartamento, sino de las otras. Con curvas. Eso pensaba, al menos, pues era una foto que sólo le llegaba hasta los hombros. Era una especie de mezcla entre Veronica Lake y Barbara Stanwyck. Silbé admirado.

            Volví a silbar admirado cuando la vi salir del edificio en el cual vivía. Yo estaba dentro de mi Sedán negro, y Archer se hallaba sentado a mi lado, absorto, como un niño ante una película de Kermit Maynard en una matinal, atento a los tiros.

            ―Ahí está ―añadió Archer―. Ahora podremos ver a dónde va cuando yo no estoy.

            Eché una mirada a Archer, un poco confuso ante todo aquel comportamiento, y arranqué detrás del taxi que detuvo la rubia con inusitada rapidez. Circulamos por San Francisco de un modo que parecía como si el taxista intentara despistarnos, pero no pudo conmigo. Yo ya era perro viejo en aquellas lides. Por fin, cuarenta minutos después el taxi se detuvo ante un complejo de moteles de las afueras, con chalecitos individuales. La rubia pagó al taxista desde la ventanilla y se dirigió presta a uno de los edificios.

            Ahora pude admirarla detenidamente, y sí, estaba llena de curvas. Llevaba un vestido blanco ajustado, con un grueso cinturón de negro charol separando la parte superior de la inferior. Se había peinado el cabello en un ceñido moño, y unas gafas oscuras intentaban encubrir parte de su dulce semblante. Los labios eran rojos, jugosos y frescos.

            Llegó ante una puerta identificada con un gran número veinte y llamó. Dos veces, una, y de nuevo dos veces. Una contraseña. La puerta se abrió y ella se coló subrepticiamente, sin darme tiempo a percibir quién había abierto.

            Miré a Archer, y sin mediar palabra salí del coche, deslizándome de forma furtiva hacia el motel. Llegué ante una de las ventanas y, a través de las persianas venecianas, atisbé el interior. La rubia estaba en brazos de un hombre, besándose apasionadamente, como si la vida les fuera en ello. El tipo era alto, con cabello castaño y brillante. Vestía unos pantalones negros y estaba en camiseta, con los tirantes caídos a un lado como descansando de sostener durante tanto tiempo la prenda. Ceñía a la rubia con una mano, mientras con la otra seguía sosteniendo un cigarrillo. Noté que Archer llegaba a mi lado y atisbaba sin disimulo alguno, y tuve que agacharle bruscamente para que no se dieran cuenta en el interior.

            Pero en el interior estaban muy ocupados. Al fin, se separaron y el tipo de los tirantes habló, después de dar una chupada al cigarrillo:

            ―¿Se ha largado tu marido?

            ―Sí ―respondió ella, con un jadeo―. Otro de sus múltiples viajes de negocios, según me ha dicho. No lo soporto más, no lo aguanto. Burt, tenemos que matarle…

            Aquello ya era demasiado. Agarré a Archer por el brazo y me lo llevé de allí, tirándolo contra un lado de mi Sedán.

            ―Bueno, venga, explíquese… ―le espeté.

            ―¿Qué? ¿Cómo? ―Parecía en verdad sorprendido.

            ―Todo este montaje. No es digno siquiera de una mala serie B. Esa muchacha, ¿es una actriz? ¿Qué pretende usted? ¿A qué viene todo esto?

            Pareció un poco desconcertado al principio, pero luego sonrió, se irguió y me miró con admiración.

            ―En verdad es usted un gran detective. Tenía ganas de verlo en acción, pero es mejor aún de lo que me esperaba. No me sorprende que Jean-Luc lo admire…

            ―¿Quién es ese Jean-Luc? ¿A qué viene todo esto?

            ―No se sulfure, mi buen amigo. Pronto comprenderá todo. ―Y diciendo esto, alzó una mano y chasqueó los dedos. Y entonces comenzó la pesadilla.

            Los chalets, los árboles, el cielo, todo desapareció en un instante. Pero comprendí que no había sido así: no era lo demás lo que había desaparecido, sino nosotros. Y aparecimos al instante en otro lugar, una especie de sala de cine, pero con las luces encendidas.

            Porque, en efecto, había una pantalla a nuestra izquierda, no muy grande, proyectando una película que representaba el firmamento, aunque se veía un tanto extraño, si bien no era capaz de discernir el motivo por el cual me resultaba tan anómalo. Frente a esa pantalla había una serie de personas sentadas, pero no parecían prestar excesiva atención a la película que, todo sea dicho, apenas variaba. La sala era circular, y tenía un segundo nivel donde había gente ocupada en hacer algo en una especie de paneles de avión, unas sentadas, otras en pie. Frente a la pantalla había dos personas, cada una frente a otro panel, sobre el cual parecían teclear como en una máquina de escribir sin teclas. Luego, en una especie de sofá, había tres personas más, una muchacha despampanante, morena y exótica, un joven con barba y un hombre mayor y calvo. Todos parecían vestir algo parecido a un mono de trapecista, aunque sin capa. Y dos de los individuos… Bien, eran de lo más extraño que jamás había visto.

            Uno de los que se sentaban ante los paneles delanteros tenía la piel amarillenta, no como los orientales, sino totalmente amarilla, como Ming en las tiras de Flash Gordon; y en el nivel superior, en pie, mirando al frente, un hombre, creo que de color, pero con los rasgos deformados, como si sufriera algún tipo de acromegalia.

            Todo eso lo percibí en un vistazo. Y era evidente que tan sorprendido estaba yo como ellos. El calvo se puso en pie, se acercó a nosotros, y exclamó:

            ―¡Q! ¡¿Qué significa todo esto?!

            Sin lugar a dudas se dirigía a Archer. Volví mi vista a él y comprobé que ya no vestía a la moda, sino otra de esas absurdas indumentarias de circo.

            ―¡Oh, mi querido Jean-Luc! ―respondió con voz meliflua―. ¡Siempre tan tenso! Debieras relajarte, hacer más el amor…

            ―¡Déjese de tonterías! ―después pareció reparar en mí. Me miró de arriba abajo, hubo un brillo de desconcierto en sus ojos, como si creyera reconocerme pero no tenía claro de cuándo había tenido el honor de coincidir conmigo, y espetó―: ¿Quién es este hombre?

            ―Un mensaje de buena voluntad ―respondió Archer, o más bien Q, como más bien parecía llamarle el tal Jean-Luc, aunque todo me seguía sonando absurdo―. Más bien un regalo. Pensé que le tenías en gran admiración…

            Jean-Luc dirigió la vista a Q, volvió la vista hacia mí, y su mirada cambió, en un tono de gran sorpresa. Pese al nombre, que parecía francés, poseía un indudable acento británico.

            ―En efecto, Jean-Luc ―articuló afectadamente Q―. Es él. Tu admirado Dixon Hill. Te lo he traído todito para ti…

            ―¿Traído? ¿Qué quiere decir? Dixon Hill no existe. Quiero decir…

            En ese momento sentí como un vahído, y perdí la noción de la realidad. Me avergüenza reconocer que perdí pie, y hubiera caído al suelo si el tal Jean-Luc no me hubiera sostenido. Su mirada era una mezcla de preocupación y desconcierto. Yo no sé qué expresión mostraría, pero en ese momento sentía el más grande de los terrores, me sentía como jamás había estado en toda mi vida.

            ―¿Se encuentra mejor? ―me preguntó el hombre calvo, y yo asentí, aún mareado. Percibí cómo el individuo amarillo se ponía en pie, se dirigía a nosotros, me miraba con una expresión curiosa en sus ojos más amarillos aún, torcía la cabeza en un ángulo extraño y echaba a hablar.

            ―Si me lo permite, capitán, creo comprender de qué va todo esto.

            Jean-Luc miró al hombre de piel amarilla.

            ―Explíquese, Data.

            ―Creo que Q ha utilizado sus poderes para… digamos… crear a Dixon Hill, otorgarle realidad en cierto modo… y se lo trae como presente.

            ―¡¿Como presente?! ―espetó Jean-Luc.

            ―Regalo ―explicó el hombre amarillo―. Dádiva, ofrenda, donativo, agasajo, obsequio…

            ―Sí, sí, Data… Ya lo he comprendido. Si es que en verdad lo comprendo…

            ―Ay ―exclamó Q―. Nuestro amigo Data, siempre tan brillante. En efecto, mi querido Jean-Luc. Nuestra relación siempre ha sido tan tensa, tan llena de enfrentamientos… Y yo, en verdad, siento un gran aprecio por ti. Y no deseo que nuestra relación siga por esos derroteros. Así pues, en señal de amistad, pensé obsequiarte con algo que realmente colmara tus expectativas intelectuales, que es lo que más admiro de ti. Como sabía de tu admiración por las historias del detective Dixon Hill, sencillamente, te lo he traído para ti. Ya sabes que para mí nada es imposible…

            Yo seguía mareado, pero ahora de otro modo. No pude más. Desenfundé la Smith & Wesson y apunté, no sé muy bien porqué, pero mantuve a todo el mundo ante el punto de mira y espeté:

            ―¡Bueno, ya está bien! ¿Qué significa todo esto? ¿Qué galimatías están ustedes hablando? ¿Qué significa eso de que yo no existo, por el amor de Dios?

            Todos me miraron. Q parecía esplendoroso y divertido. Los demás semejaban casi asustados, pero no por mi arma, estoy seguro. Solo el hombre amarillo, el tal Data, me miraba con la curiosidad de un niño pequeño.

            ―Cálmese, señor Hill ―indicó Jean-Luc con voz pausada―. Todo tiene una explicación. Si baja el arma y me permite explicárselo…

            Yo quedé indeciso. Estaba atrozmente asustado. No sabía lo que me estaba sucediendo. Me sentía como recién bajado de una montaña rusa, o como si acabara de sufrir una experiencia religiosa, o… No sabía muy bien qué es lo que sentía, pero la sensación me producía un extraño sabor de boca, una sensación como de estar flotando, como de no pertenecer a aquel lugar, acaso a ninguno…

            Y entonces bajé el arma, la dejé caer, y rompí a llorar.

            Oí a Jean-Luc comentar:

            ―Doctora Crusher, prepárese para un paciente ―y entonces me tomó de un brazo y me dijo―: ¿Quiere acompañarme, hace el favor? Data, venga conmigo. Y en cuanto a usted, Q… ―Se paró y se le quedó mirando de arriba abajo, con un profundo desprecio―. Será mejor que desaparezca de mi vista ahora mismo.

            Pese al tono de cínica autosuficiencia que destilaba Q, hubo una especie de amago de temor en él. Luego alzó una mano y, sencillamente, despareció. Entonces comprendí que yo estaba completamente loco.

            Jean-Luc me apretó un poco el brazo, como para darme confianza, y me dejé llevar por él, casi a rastras, como un niño que espera un castigo después de haber cometido una travesura. Entramos, acompañados por Data, en una especie de ascensor, aunque no percibí apenas movimiento, y al poco salimos de él, anduvimos por extraños pasillos, como si fuera un avión desprovisto de asientos, y al fin entramos en una sala cuya puerta se abrió por sí sola ante nosotros.

            Había allí una mujer que nos miraba con expresión maternal, una sonrisa franca apenas bocetada en unos finos labios. Saludó a Jean-Luc con un gesto apenas visible y me miró con preocupación.

            Jean-Luc titubeó, sin saber muy bien qué decirle. Después soltó:

            ―Haga un chequeo completo a nuestro amigo, doctora Crusher.

            ―¿Qué es lo que tiene? ―preguntó ella.

            ―No lo sé. Exploración rutinaria. Pero completa…

            La mujer me tomó del brazo y me condujo a una camilla, donde me tumbó. Después deslizó una especie de tapa de ataúd, pero de metal, sobre mí, aunque no cubría del todo el cuerpo y no se cerraba por completo. Apretó diversos botones en la tapa, también en la pared, y pasó una especie de agenda de bolsillo por encima de mí, de arriba abajo. Después alzó la tapa aquella y volviéndose a Jean-Luc comentó:

            ―Todas las constantes perfectas. Este hombre está completamente sano…

            ―¿Es…? ―titubeó Jean-Luc―. ¿Es un hombre?

            La doctora Crusher le miró con una sorpresa en su rostro.

            ―¿Qué quiere decir, capitán? No es una forma de vida alienígena, si eso es lo que le preocupa. Es totalmente humano.

            Jean-Luc quedó indeciso. Data, que hasta entonces había permanecido en un discreto segundo plano, se aproximó y comentó:

            ―Si me permite, capitán…

            ―Adelante, Data.

            ―El señor Hill, aquí presente, es, en efecto, un ser humano. Una persona de carne y hueso, real como usted mismo. Q le ha dado vida. Ha ejercido una labor de… digamos Dios, o demiurgo si así lo prefiere. Ha creado vida de la nada. Debe de haber… recopilado toda la información que existe sobre Dixon Hill, todas las historias que fueron publicadas en el Amazing Detectives Stories… y a partir de ahí ha creado un ser vivo, en toda su esencia, con los datos de ahí extraídos. Dígame, señor Hill… ―murmuró Data, aproximándose a mí, todavía tumbado en la camilla y absorto―. ¿Qué me puede decir de su familia?

            ―No… no… ―titubeé―. No recuerdo… Yo…

            ―¿Lo ve, capitán? Ha creado un ser vivo en su totalidad, pero solamente basado en los datos que ya existían, es decir, a partir de los relatos que publicó esa revista pulp. Pero como en ninguno de esos relatos se hizo mención alguna a sus padres, puesto que nada aportaban a la trama, ahora, el señor Dixon Hill aquí presente no tiene recuerdo alguno de haber tenido unos padres. Su pasado se circunscribe en exclusiva a las historias que fueron publicadas…

            Jean-Luc me miró, evaluando aquellas palabras. Yo también las estaba evaluando. Me senté con lentitud en la camilla y miré a los tres. Después me detuve en Data y le pregunté:

            ―¿Quiere decir… que yo no existo? ―nuevamente aquel vahído, aquel sentimiento de irrealidad.

            ―Sí existe, desde luego. Está usted aquí. No es una alucinación, y los instrumentos médicos le han detectado, así como mis circuitos. Usted existe ahora, pero antes no existía… Usted no nació de vientre de mujer, sino de la voluntad de un ser todopoderoso para crear materia de la nada…

            Aquello era excesivo para mí…

            ―No, no comprendo… ¿Quién soy yo, entonces?

            ―Es usted Dixon Hill, detective privado ―contestó Data―. Fue creado por el escritor Tracy Wesley Smith en el relato “El gran adiós”, publicado en la revista Amazing Detectives Stories de marzo de 1934. Volvió a aparecer en otros relatos, entre ellos “El largo y oscuro túnel”, “El caso de la orquídea negra”, “El hombre que escuchaba”… Ahora estamos en el siglo XXIV, a bordo de la nave estelar USS Enterprise. Este es el capitán Jean-Luc Picard, y quien lo trajo aquí es una entidad llamada Q. Tiene un gran poder, entre el que estriba crear materia. Así pues, lo ha creado a usted a partir de las historias publicadas en el siglo XX. Usted era un personaje de ficción, pero ahora es un ser vivo, real como el propio capitán o la doctora, o incluso yo mismo, aunque en su memoria no existan recuerdos de determinadas circunstancias por el mero hecho de que esas circunstancias no fueron escritas…

            Yo estaba mudo, al igual que, pude comprobar, el capitán y la doctora. Al fin pude reaccionar.

            ―¿Y ahora…? ¿Qué será de mí? ¿Dónde está mi vida? ¿A dónde pertenezco?

            ―Fascinante tesitura… ―musitó Data, y pareció entusiasmarse como un niño ante un juguete nuevo.

            ―Si ahora es una persona viva ―comentó Picard― tiene los derechos de un ser vivo. Tiene derecho a seguir existiendo, a hacer con su vida lo que crea que debe hacer. Si Q volviera y lo hiciera de nuevo desaparecer… Bien, sería como un crimen. No podemos permitirlo.

            ―Creo, señor ―refirió Data―, que Q, por una vez, ha sido sutil y ha comprendido. Se ha dado cuenta de su error cometido y ha desaparecido con discreción… No creo que lo volvamos a ver por un tiempo… Y nos ha dejado el muerto. O el vivo, más bien.

            ―¡Data, por el amor de Dios! ―se sulfuró la doctora Crusher.

            ―Bien ―musitó Picard―. Seguimos ante un problema. ¿Qué hacer con el señor… Hill? ¿Coger a alguien que, literalmente, pertenece al siglo XX y soltarle en un futuro que no comprende y en el que a nadie conoce?

            Me estaba ya hartando de que hablasen de mí como si yo no estuviera allí, o como si fuera un mueble y no una persona. Aunque ya no estaba seguro de si yo era un mueble, un libro o una persona… Sea como fuere, me irrité… y seguí escuchando, pues todo aquello era más de lo que podía asimilar una persona corriente.

            ―Mucho me temo ―comentó la doctora Crusher― que esa opción no sería la mejor para el señor Hill. Dudo que su equilibrio mental pudiera soportarlo. Aunque ya ha aguantado mucho, desde que lleva aquí.

            ―Sin embargo ―añadió Data―, sería una aventura fascinante para el señor Hill. Procedente de un mundo primitivo, incursionar en un futuro incierto, alcanzar audazmente lugares a los que antes hombre alguno llegó jamás… ―Data pareció entusiasmarse ante sus propias palabras, pero se paró bruscamente ante las miradas de Picard y Crusher… y de mí mismo. La verdad es que aquel hombre de piel amarillenta me tenía desconcertado. Y la forma en la cual hablaba de sí mismo me desconcertaba aún más. Como si no fuese humano. Parecía más bien El Hombre de Hojalata de El mago de Oz. Casi esperaba ver aparecer por la puerta a Judy Garland cantando…

            ―Sea como fuere ―musitó Picard―, dejar al señor Hill suelto sin más no es solución. Habría que conseguir un modo de devolverle a… Bien, su mundo.

            ―Lo que pasa es que su mundo no existe ―reflexionó la doctora Crusher―. Es solo un mundo de papel. ¿Cómo devolverle a… algo que nunca fue? Ahora es un ser humano, y eso sería condenarle a la muerte.

            ―Si me permiten… ―soltó Data, y todos volvimos nuestra atención hacia él―. Quizás habría una solución.

            Esperamos a que comenzase a hablar, y él pareció esperar a que se le invitara formalmente a ello. Como nada de eso pasó, tras unos segundos embarazosos Data soltó su perorata.

            ―La forma en la cual Q crea materia… es similar a la de la sala holodeck, aunque al tiempo es distinta. Las creaciones de Q son reales, materia orgánica viva y consciente, mientras que las del holodeck son solo simulaciones, recreaciones holográficas forjadas en la memoria de un ordenador. Ahora bien, supongamos… Creamos un programa del universo del señor Hill. No el que usted visita, señor ―comentó, dirigiéndose a Picard―, sino otro, aunque en esencia sería el mismo. Introducimos todas las historias que se escribieron sobre Dixon Hill, esto es, todo lo que existe en la memoria del caballero aquí presente… y programaremos que el ordenador rellene todas las lagunas, que cree una historia completa y lineal de los incidentes que faltan. Nacimiento, adolescencia, todos los percances, por pequeños que sean, que vive cualquier persona.

            ―¿Y dejamos suelta a una persona real en un mundo irreal? ―preguntó Picard.

            ―No. Porque todo sería real. Si hacemos la… conversión adecuada. Veamos. Podríamos situar al señor Hill en la cámara teletransportadora y reducirlo a una serie de micropartículas iónicas. Después, en lugar de proyectar y reconstruir al señor Hill de nuevo, introducirlo, como una serie de impulsos, dentro del programa de holodeck creado al efecto. Ese programa se encriptaría para que nadie tuviera acceso a él. Existiría en un lugar impenetrable de la memoria de la Enterprise. El señor Hill sería un impulso electrónico dentro de otro impulso electrónico. Pero a todos los efectos, él sería tan real como el resto del mundo que lo rodearía. Tendría un hogar reconocible, la misma vida que recordaba… Viviría una especie de… sueño eterno del que nunca despertaría, hasta el fin de su existencia.

            Picard quedó reflexionando unos instantes.

            ―¿Ha considerado los peligros, Data?

            ―Sí. Todo es teoría. El señor Hill podría desaparecer por siempre, convertido en una serie de impulsos electrónicos. Y no hay forma de hacer una prueba. Un objeto no nos sería útil, un animal no podría contarnos lo sucedido, y hacer uso de una persona supondría el mismo peligro… En ese caso, el propio señor Hill debe elegir si acceder al experimento… y correr el riesgo. Desaparecer por siempre… o regresar a la única vida que conoce.

            El capitán Picard se volvió hacia mí, con expresión solemne en el rostro.

            ―¿Y bien? ―preguntó―. ¿Está dispuesto a correr el riesgo? ¿Desea probar esa… solución?

            Dudé. No mucho. No tenía considerables opciones. Así que dije que sí. Nos trasladamos a lo que ellos llamaban la sala de teletransporte. Era una habitación circular, con unos controles en un extremo y en el centro una especie de plataforma, también circular. Data estuvo trabajando unos instantes en los controles, a una velocidad que me parecía imposible para ningún ser humano. Quizá, en efecto, no era sino un Hombre de Lata. Un prodigioso Hombre de Lata.

            ―Me pregunto… ―murmuró Picard―. El señor Hill es una creación literaria, no existió nunca, aunque ahora, a todos los efectos, es real. ¿Qué es real y qué es ficción? ¿Acaso no seremos nosotros también personajes de ficción en otro universo real? ¿Y si esos personajes para los cuales nosotros somos ficción, no son sino también la ficción dentro de otro universo que a su vez les retiene?

            Data alzó la vista unos instantes y observó a Picard.

            ―Fascinante tesitura ―respondió, y después siguió pulsando los botones, o lo que fueran, pues yo sólo veía una superficie tersa con una infinidad de dibujos―. Bien, ya está programado.

            Picard se volvió hacia mí, y casi por primera vez desde que estaba allí alguien me dirigió la palabra.

            ―Señor Hill, dudo que comprenda por completo todo lo que le ha sucedido hoy. Espero que nada de esto le afecte en su vida… real. Cuando regrese a su mundo… ignoro si recordará lo que sucedió aquí, o lo retendrá todo como si fuera un sueño, una pesadilla. O tendrá la completa seguridad de que todo sucedió, pero decidirá obviarlo y proseguir con su vida. Sea como fuere, espero que todo le vaya bien. Que todo funcione, que regrese a su mundo. Antes tenía lagunas en su memoria. Ahora no las tendrá. En cierto modo, regresará a un mundo mejor para usted. Me alegro de haberle conocido. Siempre fui un admirador de su… trabajo.

            Extendió la mano y nos las estrechamos con fuerza. Después me condujo a la plataforma central. De nuevo aquella sensación de inseguridad, de ingravidez, mientras casi sentía las piernas temblar y la emoción me embargaba la garganta. Tenía miedo, un miedo terrible. Muchas veces antes me había enfrentado a la muerte. Pero aquello era distinto. Era la nada. Era el no ser. Aunque, bien pensado, ¿había sido yo previamente? ¿Había existido? En cierto sentido, era ahora cuando empezaba a vivir realmente. Todo era un maremagno sin sentido, un vértigo indescriptible en el cual era mejor no pensar. Solo abandonarse… Dejarse caer en el sueño eterno…

            Frente a mí, ante los controles, Data, Picard y la doctora Crusher me miraban. Me embargó la emoción al verles allí, unos completos desconocidos preocupados por mí. Y de pronto ya no estaban. Habían desaparecido. O era yo el que había desaparecido. A mi alrededor estaba el despacho de siempre, con la mesa, el sillón para las visitas, las persianas venecianas medio desvencijadas por las cuales entraba el sol de la mañana… Me senté ante la mesa, y el sillón chirrió como siempre, con aquel chillido lastimero como el de un gato callejero inmerso en una pelea.

            Sí, ahí estaba mi mundo de siempre. Aunque no el de siempre. Había algo más. Ahora recordaba una vida, unas emociones que hasta el momento me habían sido vedadas. Recordaba a una esposa de la que me divorcié, recordaba a un hermano mayor que tenía un negocio de venta de bicicletas en Los Ángeles, y recordaba a unos padres ancianos, que vivían en una pequeña granja a setenta kilómetros de San Francisco. Unos padres…

            Tomé el teléfono y marqué. El corazón me latía desbocado, indómito, como el gran vencedor en el National Velvet. Y de pronto sonó una voz dulce de anciana, que recordé, aunque nunca en mi vida la había escuchado.

            ―¿Sí? ¿Dígame?

            ―¿Mamá? ¿Mamá, eres tú?

            ―Sí, dígame.

            Quedé unos instantes mudo, sin saber cómo reaccionar. Ella lo solventó.

            ―¡Ah, Dixie! ¡Eres tú! ¿Qué tal estás, cariño mío?

            ―Bien, mamá. ¿Está papá?

            ―No. Ha salido con la furgoneta al pueblo, a por provisiones. ¿Pero qué sucede, Dixie? ¿Te pasa algo?

            ―No, mamá. No. Solo llamaba… Solo llamaba para deciros que os quiero.

            Colgué. Para ser un rudo detective, no paraba últimamente de llorar.

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[1] Lew Archer (1926-1977). Detective privado nacido y muerto en Los Ángeles (CA, EE.UU.), y que ejerció toda su carrera en esa localidad. Fue biografiado por el escritor Ross MacDonald, seudónimo de Kenneth Millar (1915-1983), en una serie de novelas comenzadas por The Moving Target (1949) ―en España, El blanco en movimiento, Alianza Ed., 1993―. Descendiente suyo sería el capitán Jonathan Archer (2121-2197), oficial al mando de la nave Enterprise NX-01. El padre de Jonathan fue el también célebre Henry Archer (2094-2141), que desarrolló el proyecto Warp 5 en unión con Zefram Cochrane.

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RELATOS GANADORES DEL II CONCURSO PASADIZO 2012

Posted in Ciencia ficción, Concurso, Creación, Fantasía, Relatos, Terror on 11 mayo, 2012 by belakarloff

Tras arduas deliberaciones, el jurado formado por Manuel Aguilar, Luis Alboreca, Carlos Díaz Maroto, Ana Morán Infiesta y Miguel Valle García decidió galardonar los tres relatos siguientes (sin orden de preferencia):

  • “El señor de las moscas”, de Luis Guallar
  • “Soy leyenda”, de Raelana Dsagan
  • “La niebla”, de Juan Miguel G. S. Sánchez

 

Para leer los relatos, pincha aquí.

El soldado

Posted in Creación, Literatura, Otros géneros with tags on 7 diciembre, 2011 by belakarloff

Recortándose en la arcada que conducía al patio interior, el porte agotado, el soldado se apoyó en la pared. Allí en el patio la vio mientras tendía la ropa. Observó que su paso no era tan grácil como antaño y había canas en su cabello que brillaban a la luz del amanecer. Avanzó unos pasos vacilante, el hombro contra la pared, y los atalajes rasparon el encalado haciendo ruido. Ella se detuvo, y miró deslumbrada por la claridad del patio hacia la figura en penumbra que se adivinaba en la entrada. El cesto de ropa cayó al suelo y, reconociendo la silueta que tenía ante sí, corrió tendiendo las manos, rápida, como si el tiempo no hubiera pasado, como si todavía tuvieran toda la vida por delante.

Las manos eran ásperas y estaban enrojecidas por el trabajo, tomándolas notó que la amargura y la congoja en forma de bilis subían por su garganta; después de tantas batallas no había logrado nada. Ella se debió dar cuenta porque tímidamente las retiró y aunque la sonrisa en sus labios no murió había palidecido.

–Has cuidado bien de la casa, mujer –comentó dirigiendo su mirada al cercado donde empezaban a cacarear media docena de gallinas y una multitud de polluelos, despertados por el gallo.

–Cambié uno de los lechones por las gallinas hace unas semanas… –El hombre asintió, dejó caer el pesado fardo al suelo, por donde asomaban un par de candelabros de bronce, y empezó a desabrocharse el tahalí; ella le ayudó solícita y juntos caminaron hasta la cocina.

–Es pronto, no tengo nada dispuesto para almorzar –dijo ella con timbre animado–, pero queda algo de la cena de anoche, lo pondré a calentar –y empezó a revolotear por la cocina, atendiendo el fogón como si el tiempo no hubiera pasado, como si las ausencias no hubieran sembrado de silencio aquella casa. Él, antes de sentarse, apoyó su mano en el hombro de la mujer; fue un solo instante, tan breve que ella no tuvo tiempo de responderle.

 

 

Fuera el sol declinaba y acababan de encender un candil que llenaba de sombras temblorosas la cocina. Del rostro curtido bañado en sombras sólo podía ver los ojos negros, brillantes, duros.

–Ni siquiera lo has mirado –señaló con el mentón hacia el fardo que seguía intacto en un rincón.

Estaban sentados en la cocina, él exactamente en el mismo sitio donde desayunara. Había permanecido sentado, inmóvil, con los ojos clavados en su mujer, siguiéndola mientras ella limpiaba, lavaba su capote (la única prenda que se quitó) y daba de comer a los animales, insensible a sus preguntas, pero qué decir de la enésima campaña del rey, para qué hablar de la suciedad de la guerra, del barro, de la sangre. Él había despachado cada pregunta con un gesto hosco, hasta que ella no pudo más y se marchó, las lágrimas contenidas ardiendo en los ojos.

No fue muy lejos. Oyó su nombre apenas había cruzado el patio, pronunciado en voz queda, triste. Volvió a entrar en la cocina, la mano tendida de él la esperaba, ella la tomó y se abrazaron muy fuerte, sin pronunciar más palabras. Y él volvió a su hosco silencio mientras ella retomaba las tareas del hogar alimentada por aquel torpe gesto.

Ahora lo observaba deteniéndose en cada una de las arrugas y cicatrices que surcaban su rostro: la que atravesaba su ceja derecha, que a punto estuvo de costarle un ojo; la del mentón –cuánto habían bromeado con ella cuando eran jóvenes, fue la primera que marcó el rostro que tanto amaba–; la de la mejilla izquierda… y volvió a sus ojos, duros como el pedernal, sorprendiéndose de que alguna vez le hablaran de amor. 

–Sé que no es mucho –había reproche, amargura, fracaso en su voz–, pero ayudará a pasar el invierno y hay telas bonitas.

Ella dirigió una mirada rápida al saco, botín, fruto de la guerra, teñido con la sangre de su hombre, y de la de muchos otros, de padres, hijos, hermanos…

–Preferiría que te lo llevaras –y no pudo evitar un escalofrío.

Él asintió y retiró la mano que ella intentaba coger.

 

 

Amanecía. Ella contuvo los sollozos hasta que se dio cuenta de que el lecho estaba vacío, entonces ya no pudo reprimirse y dejó que toda su tristeza, la amargura de una vida desperdiciada brotara por su garganta; lloró, gritó, apretando las sábanas contra su pecho. ¿Qué tenían, qué buscaba él en cada regreso? Las mismas pocas palabras, el mismo silencio… Ni siquiera la había tocado cuando se fueron al lecho. Se sentó junto a la cama, observando cómo se desnudaba, intuyendo quizás la trémula emoción –como aquella primera vez, hacía ya tanto tiempo– que la embargaba y que la tenue luz del candil ayudaba a disimular. No, permaneció en silencio observándola y ella no se atrevió a requerirle, a llamarle, a besarle, adivinaba la honda aflicción, las heridas que ocultaba, las que se infligían…

–¡Qué! –gritó a la habitación desnuda que parecía reírse de su desdicha. Entonces la vio. Una carta cuidadosamente doblada entre las sábanas. Sorprendida la cogió y la abrió con mano temblorosa.

 

 

            Nunca te he escrito. En todos estos años de marchas interminables, campos saqueados y batallas jamás me atreví a escribirte. Sería reconocer que existía la posibilidad de no volver jamás, y sólo sabría hablar de sangre, heridas y muerte.

            La milicia es una vida austera, solitaria, sin tiempo para palabras de amor. Dicen que los antiguos romanos prohibían a sus legionarios casarse mientras sirvieran bajo las águilas. Eran sabios.

            Lo he hecho lo mejor que he sabido y sé que no ha sido suficiente. No he sabido darte todo lo que mereces, has tenido que trabajar duramente mientras yo no estaba, mientras yo defendía un estandarte en el que, con el tiempo, he dejado de creer. No tenía nada más. Nada excepto tú. Y ese ha sido mi mayor fracaso. Todos estos años durmiendo al raso, mirando el cielo estrellado, entre la niebla y los pantanos, lo último que veían mis ojos era tu rostro. Oyendo los murmullos en la noche oía tu voz. Arropado por mi vieja y remendada capa, sentía el roce de tu piel.

            Sé que no volveré. La situación en el norte es más apurada de lo que se dice en los mentideros, un mal lance de nuestra política, dicen. Quizás. No lo sé, nunca he sabido gran cosa, ni pude comprender porqué me guardaste tantos años, tantos reproches, tantas ausencias.

            Solo sé que mañana, llegue cuando llegue, rodeado de hombres vociferando, clamando al cielo, maldiciendo, gimiendo ayuda, suplicando, enceguecido por el humo, las llamas o la sangre, rodeado de hombres que mueren y matan, yo no maldeciré al rey, a Dios o a mis enemigos, gritaré tu nombre, como he hecho siempre, esperando morir con él en mis labios.

            Perdóname.

 

Miguel Valle García