Archive for the Relatos Category

Vuelven “Los pájaros” de Daphne du Maurier, por parte de El Paseo Editorial

Posted in Literatura, Noticias, Otros géneros, Relatos, Terror on 2 octubre, 2017 by belakarloff

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Daphne du Maurier (1907-1989), autora de una excepcional obra narrativa, regresa con una nueva traducción de cinco de sus grandes relatos: El manzano, El joven fotógrafo, Bésame otra vez, forastero, El viejo y Los pájaros, que inspiró la célebre película de Alfred Hitchcock.  En todos ellos se nos presentan tramas con obstáculos misteriosos, en las que la realidad se construye en torno a acontecimientos intrusos y fantasmagóricos. En todas estas narraciones, a decir de Slavoj Žižek, autor del prólogo, “la intromisión de una dimensión inesperada perturba la marcha ‘normal’ de las cosas” y hace aún más palpable la miseria oculta bajo el manto de un tranquilo acontecer cotidiano.  Los relatos contenidos en este volumen ya aparecieron con anterioridad en el volumen Los pájaros, publicado en la célebre colección Reno, con traducción en aquel entonces de Antonio Martín Pérez, y estando ausente en este caso otro relato, Monte Veritá.

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Colección EL PASEO CENTRAL, nº 5
Prólogo de Slavoj Žižek
Traducción de Miguel Cisneros Perales
978-84-945885-9-4
272 páginas | 20,95 euros |
A la venta en todas las librerías el 23 de octubre de 2017

 

 

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“Relatos sombríos” de Edith Nesbit, en la Biblioteca de Carfax

Posted in Literatura, Noticias, Relatos, Terror on 29 agosto, 2017 by belakarloff

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Relatos sombríos es un libro editado por La Biblioteca de Carfax, y que recoge nueve cuentos de terror de la autora inglesa Edith Nesbit, escritos entre 1887 y 1910:

La estatua de mármol («Man-Size in Marble», 1886): Una pareja de recién casados se muda a una casita en el campo cerca de una antigua iglesia. Todo parece ir bien hasta que llega la Noche de Todos los Santos, en la que se dice que las estatuas de mármol de la iglesia cobran vida.

Desde el reino de los muertos: ¿Puede ser el amor lo suficientemente fuerte para traer al ser amado de entre los muertos?

La tercera sustancia: Roger Wroxham, después de haber escapado de unos criminales, se encuentra a la mer­ced de un peculiar médico en su casa de los horrores. Este intentará convertirle en un superhombre a base de suministrarle tres sustancias diferentes, esto es, si no muere en el proceso.

La boda de John Charrington («John Charrington’s Wedding», 1891): Un hombre consigue por fin la mano de la mujer más bella de los alrededores, y jura que se casará con ella vivo o muerto…

La sombra («The Shadow» / «The Portent of the Shadow», 1905): Después de una fiesta, tres chicas jóvenes convencen a una tímida ama de llaves para que les cuen­te una historia de fantasmas en la que una siniestra sombra juega un importante papel.

Los cinco sentidos: Un médico especializado en la vivisección, lo cual le cuesta al amor de su vida, se embarca en un experimento para aumentar sus capacidades sensoriales, lo que hace termine enterrado vivo.

– El marco de ébano («The Ebony Frame», 1893): Un hombre se enamora de una mujer que aparece en una pintura recién heredada; dicha mujer resulta ser su amada en otra vida, que vendió su alma al diablo para preservarla hasta que él volviera a en­contrarla.

– En la oscuridad («In the Dark», 1910): Dos amigos vuelven a juntarse después de varios años y uno le confiesa al otro haber matado a un tercer hombre al que ambos odiaban. Sin embargo, parece que el cadáver del asesinado se le aparece cada año en la oscuridad.

– El coche violeta («The Violet Car», 1910): Una enfermera acude a una casa en el campo para ayudar a un matrimonio; el marido asegura ser acosado por el fantasma de un coche violeta desde el día que este atropelló y mató a la hija de la pareja.

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Edith Nesbit nació en Londres en 1858. Su padre mu­rió cuando ella era muy joven y su madre, a pesar de la falta de dinero, fue capaz de darle una educación, primero en Inglaterra y luego en Francia.

A los veintidós años se casó con Hubert Bland, con el que tuvo cinco hijos y junto al que fundó la Sociedad Fabiana en 1880, un grupo socialista que atrajo a nombres como George Bernard Shaw o Eleanor Marx. Hubert Bland tuvo abundantes aventuras, llegando incluso a llevar a vivir con ellos a una de sus amantes.

Edith comenzó a escribir desde una edad temprana, ayudando así a mantener a su familia, publicando habitualmente bajo el seudónimo E. Nesbit. Se la conoce sobre todo por sus historias para niños (Los chicos del ferrocarril); sus relatos de terror quedaron relegados al olvido, a pesar de que es en ellos donde plasma y canaliza las tensiones que vivía en su propia casa. Esto era habitual con los autores de la época victoriana, ya que los relatos de fantasmas o terror siempre tendían a ser considerados «menores» en comparación con otros de sus trabajos. A Edith siempre le interesó lo sobrenatural y aseguraba que la casa donde escribió sus cuentos para niños más famosos estaba encantada; también hay rumores de que pudo llegar a formar parte de la Orden Hermética del Amanecer Dorado, de la que también era miembro el ocultista Aleister Crowley o escritores como Bram Stoker (Drácula).

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“Los chicos del ferrocarril”, su obra más famosa dentro del campo de literatura juvenil. Tuvo una mítica serie de televisión en los años setenta, así como una película.

Edith Nesbit era un mujer fuerte e independiente, pero al mismo tiempo, muy conserva­dora. Su forma de vida rechazaba mucha de la estricta ideología victoriana de cómo debía ser una mujer, ya que abrazaba la libertad social, política y sexual, pero también era escépti­ca con los movimientos feministas de la época, rechazando los intentos de sus compañeras activistas en la Sociedad Fabiana para que se uniera a ellas. Sin embargo, muchos de sus relatos de fantasmas contienen personajes y situaciones que evidencian el papel marginal de la mujer en la sociedad que le tocó vivir.

Son relatos que no suelen tener un final feliz y acaban de manera abrupta y brutal, y mues­tran habitualmente a matrimonios y relaciones que no funcionan. Nesbit aprovecha lo sobrenatural para, subrepticia y a la vez subversivamente, desahogar sus propias frustra­ciones, convirtiéndose en una vía de escape para ella.

Sobrevivió a Hubert Bland, casándose tres años después de su muerte con Thomas Tucker. Edith Nesbit murió en 1924 en Dymchurch.

 

  • Rústica con solapas
  • 13×20 cm
  • 192 páginas
  • ISBN: 978-84-946682-3-4
  • Traducción:
  • Gonzalo Gómez Montoro
  • Ilustración cubierta:
  • Rafael Martín
  • PVP: 16,50 €

Alberto López Aroca presenta nueva revista del género: “Ulthar”

Posted in Ciencia ficción, Fantasía, Literatura, Noticias, Relatos, Revistas, Terror on 8 junio, 2017 by belakarloff

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El escritor y editor Alberto López Aroca acaba de abrir la suscripción para publicar el primer número de ULTHAR: revista de fantasía, ciencia ficción y terror, y a tal efecto ha inaugurado un blog que contiene toda la información acerca de contenidos, formato e intenciones de esta nueva publicación. El precio de suscripción es de 12 euros (el PVP de la revista cuando salga a la venta será de 13 euros), y el plazo improrrogable de cierre de esta promoción será el 23 de junio de 2017.

LA REVISTA YA ESTÁ EN IMPRENTA.

ULTHAR nº1 tiene 142 páginas en formato 23×15 cm; cubierta a todo color con solapas, e ilustración de portada de Sergio Bleda. Incluye ocho relatos, un reportaje de investigación y la primera parte de una novela seriada. El interior está profusamente ilustrado, y los textos están presentados a doble columna, con introducciones del Editor.

No habrá edición digital.

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En este primer número contamos con historias de José Luis Zárate, Begoña Pérez Ruiz, Alejandro Castroguer, Ana Colchero y el propio Aroca, y se recupera un relato de la magnífica serie del Orden Estelar de Ángel Torres Quesada (A. Thorkent) que no se incluyó en la “edición definitiva”; y una “fantasía científica” (así se define el cuento), en apariencia española, publicada originalmente en 1906 (veinte años antes de que Hugo Gernsback acuñara el término “ciencia ficción”) con fantásticas ilustraciones de marcianos, que por entonces estaban de moda gracias a la publicación de La guerra de los mundos de H. G. Wells.

 Pero eso no es todo.

Como buena revista, tenemos un serial: la novela Ostfront, del Dr. Shiva Von Hassel, que ya había visto la luz en 2012 en formato digital, y que aquí tenemos por primera vez en papel. Los encargados de trasladar el extraño trabajo del doctor Von Hassel al castellano fueron Eduardo Vaquerizo, Santiago Eximeno y José Ramón Vázquez, que nos traen una visión del frente ruso durante la II Guerra Mundial como nunca antes habíamos visto… (la imagen debería darles una pista…).

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También, como relato inaugural, hemos realizado una nueva traducción del brevísimo, y no obstante maravilloso, relato de H. P. Lovecraft, “Los gatos de Ulthar”, un clásico archiconocido que tenía que estar en nuestra revista. (Hagan el favor de releerlo en nuestra versión antes de hincarle el diente a “B-52” de José Luis Zárate, que… pero ya verán, ya verán…)

Y, como ya es costumbre en publicaciones aroquianas (ustedes lo saben bien), el Maestro de Baker Street también asoma su hocico: ha recuperado un pastiche que ya estaba descatalogado, “El problema de la pequeña cliente”, en el que Sherlock Holmes tiene que encontrar a una niñera que… en fin… abrió su paraguas y se marchó volando por la ventana…

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Además, tenemos un artículo de investigación, realizado por el bolsilibrólogo terrorífico Jordi Llavoré, acerca de una de las autoras más importantes de Bruguera y que escribió más del 10% de los 617 números de la colección Selección Terror: hablamos, por supuesto, de la sanguinolenta, defenestradora y mutiladora Ada Corettí, olvidada por la crítica moderna, y sobre la cual el señor Llavoré realiza una extensa recensión.

Más información en el referido blog del inicio:

ultharmagazine.blogspot.com

 

Palmarés de la IV Edición de La Mano, Festival de Cine Fantástico y de Terror

Posted in Cine, Festivales, Parodia, Premios, Relatos, Terror on 3 noviembre, 2016 by belakarloff

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El filme alemán Der Bunker, ópera prima del director Nikias Chryssos, se alzó este pasado lunes con el premio a mejor largometraje de la IV edición de La Mano, festival de cine fantástico y de terror de Alcobendas. Su original y arriesgada forma de abordar el género fantástico, mezcla de terror y de un humor casi surrealista, y su intención notable de ofrecer una obra con estilo propio, no dejando indiferente al espectador, son algunas de las razones por las cuales el jurado se decantó por esta película.

También fueron premiados los trabajos Dark_Net de Tom Marshall (mejor cortometraje), El granero de Francisco José Segovia Ramos (mejor relato), El guardián de Alfredo Moreno Vozmediano (mejor guion) y El insólito caso de la señorita Worthy, de Jordi Armisén (audio-relato).

Aparte del palmarés, en el último día del festival destacaron el homenaje a David Bowie, que estuvo presente musicalmente en la gala de premios, y el pase especial del clásico de culto Critters, que cumplía treinta años de su estreno y que formó parte del ciclo dedicado a los ovnis y extraterrestres –temática de la IV edición de La Mano–.

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PALMARÉS LA MANO FEST 2016

  • Mejor largometraje: Der Bunker, de Nikias Chryssos
  • Mejor cortometraje: Dark_Net, de Tom Marshall
  • Mejor relato: El granero, de Francisco José Segovia Ramos
  • Mejor guion: El guardián, de Alfredo Moreno Vozmediano
  •  Mejor audio-relato: El insólito caso de la señorita Worthy, de Jordi Armisén

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“El sueño eterno”, por Carlos Díaz Maroto

Posted in Ciencia ficción, Creación, Relatos on 24 octubre, 2016 by belakarloff

EL SUEÑO ETERNO

Por

CARLOS DÍAZ MAROTO

 

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            Aquella mañana me desperté con una resaca tremenda. Bueno, suponía que era una resaca, porque en verdad no recordaba nada de lo que había hecho la noche anterior. Me levanté renqueante y me trasladé al cuarto de baño, donde me di una rápida ducha para limpiarme más por dentro que por fuera, y así trasladar por el desagüe toda la confusión que taponaba mi cerebro. Mientras el agua me chorreaba por la piel me quedé con los brazos apoyados contra los azulejos, dándole vueltas a algo que me obsesionaba desde hacía días. No recordaba cuándo empecé a pensar en ello, pero de pronto me di cuenta de una serie de olvidos, olvidos graves, que estaba padeciendo. En realidad, era amnesia pura y dura, si así puede llamársele, puesto que carezco de conocimientos médicos. Desde hacía días era consciente de que gran parte de mi vida, sencillamente, no estaba en mis recuerdos, que facetas de mi existencia se habían diluido en mi memoria como el azúcar en un café muy cargado.

            Salí de la ducha y me afeité, y mientras miraba a aquel desconocido en el espejo me pregunté quién era. Mi nombre era Dixon Hill, de profesión detective privado. Y eso era todo. O casi todo. Recordaba el caso en el que había estado involucrado hacía unas semanas, cuando investigué la desaparición de unos importantes documentos de la caja fuerte de un industrial. O aquel otro caso, sobre la fuga de una adolescente del hogar paterno. Pero no había nada más, salvo casos y más casos, algunos espectaculares, los más rutinarios. De pronto, era consciente de que no recordaba nada sobre mi infancia, sobre unos padres, siquiera sobre mí mismo…

            Abandoné el apartamento que compartía con unas diminutas inquilinas rubias, nada despampanantes, por cierto, y me dirigí a mi oficina, aunque todavía era temprano para abrir el despacho. Pero qué más daba, cuando literalmente no tenía vida privada. Mi vida era mi trabajo, y sólo algún whisky y alguna rubia (esta sí, despampanante) aliviaban esa rutina. Tomé un tranvía y me dejé llevar las pocas calles que me separaban de la oficina; no me apetecía caminar ese día, tardaría más en llegar y ello supondría pensar por más tiempo. El tranvía tomó varias cuestas, tan renqueante como yo, y al fin me dejó enfrente del edificio de oficinas donde había asentado mi despacho.

            Antes de entrar me pasé por el puesto de periódicos y saludé a Dick, el dependiente, con su sempiterna sonrisa irónica y el rostro plagado de arrugas, que le hacía aparentar más edad de la que realmente tenía. Me quedé mirando los titulares de los periódicos: en Yugoslavia había habido un golpe de estado; el suicidio del espía Walter Krivitsky en Washington se suponía provocado por agentes soviéticos; Hugh Mulcahy se había convertido en el primer jugador de las grandes ligas reclutado para la guerra.

―El mundo cada vez está peor, señor Hill ―comentó Dick ajustándose bien la gorra de plato.

            Subí las escaleras, sucias, y tomé el largo pasillo hasta mi despacho. La puerta de cristal proclamaba a gritos mi nombre y ocupación. Entré, y no acababa más que andar dos pasos cuando sonó una llamada a la puerta. Asombroso, no había oído pasos detrás de mí en el pasillo.

            Abrí la puerta y me encontré ante un hombre alto, de más de un metro noventa, pelo corto, rebelde y castaño, con leves entradas, ojos azules y unos labios carnosos. Vestía impecablemente a la moda, como si acabara de salir del sastre, y ofrecía un aire que me hizo pensar al instante que se trataba de un extranjero.

            ―¿Señor Hill? ―preguntó, un tanto gratuitamente, pues quedaba evidente que yo no era mi secretaria.

            ―En efecto, señor… ―respondí, invitándole a darme su nombre.

            ―Ehm… Archer… ―contestó titubeante―. Lew Archer[1]

            El nombre no me dijo nada, pero supe de inmediato que era falso. Hice pasar a aquel individuo y le ofrecí sentarse ante mi despacho; yo realicé lo mismo en mi propio lado, y el sillón chirrió como siempre, con aquel chillido lastimero como el de un gato callejero inmerso en una pelea, y adopté la actitud que me pareció más profesional…

            ―¿Qué se le ofrece, señor… Archer? ―inquirí.

            ―Bueno, desearía contratarle. Sospecho que mi mujer me engaña…

            ―Uhm… ―respondí anodinamente, reflexionando sobre lo convencional del encargo. Ante la apariencia del hombre, yo esperaba que se hubiera tratado de un caso de notoria importancia. Un simple adulterio. Qué se le iba a hacer…

            ―Sin embargo, desearía solicitarle… algo especial ―añadió.

            ―Le escucho ―informé, mientras encendía un Pall Mall.

            ―Desearía que, durante todo el proceso de investigación… yo… estuviera presente.

            Quedé cavilando unos segundos.

            ―¿Sabe lo que eso significa? ―le espeté junto a una bocanada de humo―. Habremos de seguir a su esposa, y ella puede reconocerle en cualquier momento. Yo puedo estar al lado de ella, vigilándola, sin que perciba nada, pero con usted junto a mí comprenderá que es de todo punto imposible…

            ―Sí, bueno… Algo se le ocurrirá.

            Recapacité. Por qué no. No tenía ningún otro caso entre manos en aquel momento, y los machacantes son machacantes, procedan de un adulterio o de un caso de extorsión en las altas esferas.

            El hombre me extendió un sobre, de cuyo interior extraje la foto de una mujer. Otra rubia. No como las de mi apartamento, sino de las otras. Con curvas. Eso pensaba, al menos, pues era una foto que sólo le llegaba hasta los hombros. Era una especie de mezcla entre Veronica Lake y Barbara Stanwyck. Silbé admirado.

            Volví a silbar admirado cuando la vi salir del edificio en el cual vivía. Yo estaba dentro de mi Sedán negro, y Archer se hallaba sentado a mi lado, absorto, como un niño ante una película de Kermit Maynard en una matinal, atento a los tiros.

            ―Ahí está ―añadió Archer―. Ahora podremos ver a dónde va cuando yo no estoy.

            Eché una mirada a Archer, un poco confuso ante todo aquel comportamiento, y arranqué detrás del taxi que detuvo la rubia con inusitada rapidez. Circulamos por San Francisco de un modo que parecía como si el taxista intentara despistarnos, pero no pudo conmigo. Yo ya era perro viejo en aquellas lides. Por fin, cuarenta minutos después el taxi se detuvo ante un complejo de moteles de las afueras, con chalecitos individuales. La rubia pagó al taxista desde la ventanilla y se dirigió presta a uno de los edificios.

            Ahora pude admirarla detenidamente, y sí, estaba llena de curvas. Llevaba un vestido blanco ajustado, con un grueso cinturón de negro charol separando la parte superior de la inferior. Se había peinado el cabello en un ceñido moño, y unas gafas oscuras intentaban encubrir parte de su dulce semblante. Los labios eran rojos, jugosos y frescos.

            Llegó ante una puerta identificada con un gran número veinte y llamó. Dos veces, una, y de nuevo dos veces. Una contraseña. La puerta se abrió y ella se coló subrepticiamente, sin darme tiempo a percibir quién había abierto.

            Miré a Archer, y sin mediar palabra salí del coche, deslizándome de forma furtiva hacia el motel. Llegué ante una de las ventanas y, a través de las persianas venecianas, atisbé el interior. La rubia estaba en brazos de un hombre, besándose apasionadamente, como si la vida les fuera en ello. El tipo era alto, con cabello castaño y brillante. Vestía unos pantalones negros y estaba en camiseta, con los tirantes caídos a un lado como descansando de sostener durante tanto tiempo la prenda. Ceñía a la rubia con una mano, mientras con la otra seguía sosteniendo un cigarrillo. Noté que Archer llegaba a mi lado y atisbaba sin disimulo alguno, y tuve que agacharle bruscamente para que no se dieran cuenta en el interior.

            Pero en el interior estaban muy ocupados. Al fin, se separaron y el tipo de los tirantes habló, después de dar una chupada al cigarrillo:

            ―¿Se ha largado tu marido?

            ―Sí ―respondió ella, con un jadeo―. Otro de sus múltiples viajes de negocios, según me ha dicho. No lo soporto más, no lo aguanto. Burt, tenemos que matarle…

            Aquello ya era demasiado. Agarré a Archer por el brazo y me lo llevé de allí, tirándolo contra un lado de mi Sedán.

            ―Bueno, venga, explíquese… ―le espeté.

            ―¿Qué? ¿Cómo? ―Parecía en verdad sorprendido.

            ―Todo este montaje. No es digno siquiera de una mala serie B. Esa muchacha, ¿es una actriz? ¿Qué pretende usted? ¿A qué viene todo esto?

            Pareció un poco desconcertado al principio, pero luego sonrió, se irguió y me miró con admiración.

            ―En verdad es usted un gran detective. Tenía ganas de verlo en acción, pero es mejor aún de lo que me esperaba. No me sorprende que Jean-Luc lo admire…

            ―¿Quién es ese Jean-Luc? ¿A qué viene todo esto?

            ―No se sulfure, mi buen amigo. Pronto comprenderá todo. ―Y diciendo esto, alzó una mano y chasqueó los dedos. Y entonces comenzó la pesadilla.

            Los chalets, los árboles, el cielo, todo desapareció en un instante. Pero comprendí que no había sido así: no era lo demás lo que había desaparecido, sino nosotros. Y aparecimos al instante en otro lugar, una especie de sala de cine, pero con las luces encendidas.

            Porque, en efecto, había una pantalla a nuestra izquierda, no muy grande, proyectando una película que representaba el firmamento, aunque se veía un tanto extraño, si bien no era capaz de discernir el motivo por el cual me resultaba tan anómalo. Frente a esa pantalla había una serie de personas sentadas, pero no parecían prestar excesiva atención a la película que, todo sea dicho, apenas variaba. La sala era circular, y tenía un segundo nivel donde había gente ocupada en hacer algo en una especie de paneles de avión, unas sentadas, otras en pie. Frente a la pantalla había dos personas, cada una frente a otro panel, sobre el cual parecían teclear como en una máquina de escribir sin teclas. Luego, en una especie de sofá, había tres personas más, una muchacha despampanante, morena y exótica, un joven con barba y un hombre mayor y calvo. Todos parecían vestir algo parecido a un mono de trapecista, aunque sin capa. Y dos de los individuos… Bien, eran de lo más extraño que jamás había visto.

            Uno de los que se sentaban ante los paneles delanteros tenía la piel amarillenta, no como los orientales, sino totalmente amarilla, como Ming en las tiras de Flash Gordon; y en el nivel superior, en pie, mirando al frente, un hombre, creo que de color, pero con los rasgos deformados, como si sufriera algún tipo de acromegalia.

            Todo eso lo percibí en un vistazo. Y era evidente que tan sorprendido estaba yo como ellos. El calvo se puso en pie, se acercó a nosotros, y exclamó:

            ―¡Q! ¡¿Qué significa todo esto?!

            Sin lugar a dudas se dirigía a Archer. Volví mi vista a él y comprobé que ya no vestía a la moda, sino otra de esas absurdas indumentarias de circo.

            ―¡Oh, mi querido Jean-Luc! ―respondió con voz meliflua―. ¡Siempre tan tenso! Debieras relajarte, hacer más el amor…

            ―¡Déjese de tonterías! ―después pareció reparar en mí. Me miró de arriba abajo, hubo un brillo de desconcierto en sus ojos, como si creyera reconocerme pero no tenía claro de cuándo había tenido el honor de coincidir conmigo, y espetó―: ¿Quién es este hombre?

            ―Un mensaje de buena voluntad ―respondió Archer, o más bien Q, como más bien parecía llamarle el tal Jean-Luc, aunque todo me seguía sonando absurdo―. Más bien un regalo. Pensé que le tenías en gran admiración…

            Jean-Luc dirigió la vista a Q, volvió la vista hacia mí, y su mirada cambió, en un tono de gran sorpresa. Pese al nombre, que parecía francés, poseía un indudable acento británico.

            ―En efecto, Jean-Luc ―articuló afectadamente Q―. Es él. Tu admirado Dixon Hill. Te lo he traído todito para ti…

            ―¿Traído? ¿Qué quiere decir? Dixon Hill no existe. Quiero decir…

            En ese momento sentí como un vahído, y perdí la noción de la realidad. Me avergüenza reconocer que perdí pie, y hubiera caído al suelo si el tal Jean-Luc no me hubiera sostenido. Su mirada era una mezcla de preocupación y desconcierto. Yo no sé qué expresión mostraría, pero en ese momento sentía el más grande de los terrores, me sentía como jamás había estado en toda mi vida.

            ―¿Se encuentra mejor? ―me preguntó el hombre calvo, y yo asentí, aún mareado. Percibí cómo el individuo amarillo se ponía en pie, se dirigía a nosotros, me miraba con una expresión curiosa en sus ojos más amarillos aún, torcía la cabeza en un ángulo extraño y echaba a hablar.

            ―Si me lo permite, capitán, creo comprender de qué va todo esto.

            Jean-Luc miró al hombre de piel amarilla.

            ―Explíquese, Data.

            ―Creo que Q ha utilizado sus poderes para… digamos… crear a Dixon Hill, otorgarle realidad en cierto modo… y se lo trae como presente.

            ―¡¿Como presente?! ―espetó Jean-Luc.

            ―Regalo ―explicó el hombre amarillo―. Dádiva, ofrenda, donativo, agasajo, obsequio…

            ―Sí, sí, Data… Ya lo he comprendido. Si es que en verdad lo comprendo…

            ―Ay ―exclamó Q―. Nuestro amigo Data, siempre tan brillante. En efecto, mi querido Jean-Luc. Nuestra relación siempre ha sido tan tensa, tan llena de enfrentamientos… Y yo, en verdad, siento un gran aprecio por ti. Y no deseo que nuestra relación siga por esos derroteros. Así pues, en señal de amistad, pensé obsequiarte con algo que realmente colmara tus expectativas intelectuales, que es lo que más admiro de ti. Como sabía de tu admiración por las historias del detective Dixon Hill, sencillamente, te lo he traído para ti. Ya sabes que para mí nada es imposible…

            Yo seguía mareado, pero ahora de otro modo. No pude más. Desenfundé la Smith & Wesson y apunté, no sé muy bien porqué, pero mantuve a todo el mundo ante el punto de mira y espeté:

            ―¡Bueno, ya está bien! ¿Qué significa todo esto? ¿Qué galimatías están ustedes hablando? ¿Qué significa eso de que yo no existo, por el amor de Dios?

            Todos me miraron. Q parecía esplendoroso y divertido. Los demás semejaban casi asustados, pero no por mi arma, estoy seguro. Solo el hombre amarillo, el tal Data, me miraba con la curiosidad de un niño pequeño.

            ―Cálmese, señor Hill ―indicó Jean-Luc con voz pausada―. Todo tiene una explicación. Si baja el arma y me permite explicárselo…

            Yo quedé indeciso. Estaba atrozmente asustado. No sabía lo que me estaba sucediendo. Me sentía como recién bajado de una montaña rusa, o como si acabara de sufrir una experiencia religiosa, o… No sabía muy bien qué es lo que sentía, pero la sensación me producía un extraño sabor de boca, una sensación como de estar flotando, como de no pertenecer a aquel lugar, acaso a ninguno…

            Y entonces bajé el arma, la dejé caer, y rompí a llorar.

            Oí a Jean-Luc comentar:

            ―Doctora Crusher, prepárese para un paciente ―y entonces me tomó de un brazo y me dijo―: ¿Quiere acompañarme, hace el favor? Data, venga conmigo. Y en cuanto a usted, Q… ―Se paró y se le quedó mirando de arriba abajo, con un profundo desprecio―. Será mejor que desaparezca de mi vista ahora mismo.

            Pese al tono de cínica autosuficiencia que destilaba Q, hubo una especie de amago de temor en él. Luego alzó una mano y, sencillamente, despareció. Entonces comprendí que yo estaba completamente loco.

            Jean-Luc me apretó un poco el brazo, como para darme confianza, y me dejé llevar por él, casi a rastras, como un niño que espera un castigo después de haber cometido una travesura. Entramos, acompañados por Data, en una especie de ascensor, aunque no percibí apenas movimiento, y al poco salimos de él, anduvimos por extraños pasillos, como si fuera un avión desprovisto de asientos, y al fin entramos en una sala cuya puerta se abrió por sí sola ante nosotros.

            Había allí una mujer que nos miraba con expresión maternal, una sonrisa franca apenas bocetada en unos finos labios. Saludó a Jean-Luc con un gesto apenas visible y me miró con preocupación.

            Jean-Luc titubeó, sin saber muy bien qué decirle. Después soltó:

            ―Haga un chequeo completo a nuestro amigo, doctora Crusher.

            ―¿Qué es lo que tiene? ―preguntó ella.

            ―No lo sé. Exploración rutinaria. Pero completa…

            La mujer me tomó del brazo y me condujo a una camilla, donde me tumbó. Después deslizó una especie de tapa de ataúd, pero de metal, sobre mí, aunque no cubría del todo el cuerpo y no se cerraba por completo. Apretó diversos botones en la tapa, también en la pared, y pasó una especie de agenda de bolsillo por encima de mí, de arriba abajo. Después alzó la tapa aquella y volviéndose a Jean-Luc comentó:

            ―Todas las constantes perfectas. Este hombre está completamente sano…

            ―¿Es…? ―titubeó Jean-Luc―. ¿Es un hombre?

            La doctora Crusher le miró con una sorpresa en su rostro.

            ―¿Qué quiere decir, capitán? No es una forma de vida alienígena, si eso es lo que le preocupa. Es totalmente humano.

            Jean-Luc quedó indeciso. Data, que hasta entonces había permanecido en un discreto segundo plano, se aproximó y comentó:

            ―Si me permite, capitán…

            ―Adelante, Data.

            ―El señor Hill, aquí presente, es, en efecto, un ser humano. Una persona de carne y hueso, real como usted mismo. Q le ha dado vida. Ha ejercido una labor de… digamos Dios, o demiurgo si así lo prefiere. Ha creado vida de la nada. Debe de haber… recopilado toda la información que existe sobre Dixon Hill, todas las historias que fueron publicadas en el Amazing Detectives Stories… y a partir de ahí ha creado un ser vivo, en toda su esencia, con los datos de ahí extraídos. Dígame, señor Hill… ―murmuró Data, aproximándose a mí, todavía tumbado en la camilla y absorto―. ¿Qué me puede decir de su familia?

            ―No… no… ―titubeé―. No recuerdo… Yo…

            ―¿Lo ve, capitán? Ha creado un ser vivo en su totalidad, pero solamente basado en los datos que ya existían, es decir, a partir de los relatos que publicó esa revista pulp. Pero como en ninguno de esos relatos se hizo mención alguna a sus padres, puesto que nada aportaban a la trama, ahora, el señor Dixon Hill aquí presente no tiene recuerdo alguno de haber tenido unos padres. Su pasado se circunscribe en exclusiva a las historias que fueron publicadas…

            Jean-Luc me miró, evaluando aquellas palabras. Yo también las estaba evaluando. Me senté con lentitud en la camilla y miré a los tres. Después me detuve en Data y le pregunté:

            ―¿Quiere decir… que yo no existo? ―nuevamente aquel vahído, aquel sentimiento de irrealidad.

            ―Sí existe, desde luego. Está usted aquí. No es una alucinación, y los instrumentos médicos le han detectado, así como mis circuitos. Usted existe ahora, pero antes no existía… Usted no nació de vientre de mujer, sino de la voluntad de un ser todopoderoso para crear materia de la nada…

            Aquello era excesivo para mí…

            ―No, no comprendo… ¿Quién soy yo, entonces?

            ―Es usted Dixon Hill, detective privado ―contestó Data―. Fue creado por el escritor Tracy Wesley Smith en el relato “El gran adiós”, publicado en la revista Amazing Detectives Stories de marzo de 1934. Volvió a aparecer en otros relatos, entre ellos “El largo y oscuro túnel”, “El caso de la orquídea negra”, “El hombre que escuchaba”… Ahora estamos en el siglo XXIV, a bordo de la nave estelar USS Enterprise. Este es el capitán Jean-Luc Picard, y quien lo trajo aquí es una entidad llamada Q. Tiene un gran poder, entre el que estriba crear materia. Así pues, lo ha creado a usted a partir de las historias publicadas en el siglo XX. Usted era un personaje de ficción, pero ahora es un ser vivo, real como el propio capitán o la doctora, o incluso yo mismo, aunque en su memoria no existan recuerdos de determinadas circunstancias por el mero hecho de que esas circunstancias no fueron escritas…

            Yo estaba mudo, al igual que, pude comprobar, el capitán y la doctora. Al fin pude reaccionar.

            ―¿Y ahora…? ¿Qué será de mí? ¿Dónde está mi vida? ¿A dónde pertenezco?

            ―Fascinante tesitura… ―musitó Data, y pareció entusiasmarse como un niño ante un juguete nuevo.

            ―Si ahora es una persona viva ―comentó Picard― tiene los derechos de un ser vivo. Tiene derecho a seguir existiendo, a hacer con su vida lo que crea que debe hacer. Si Q volviera y lo hiciera de nuevo desaparecer… Bien, sería como un crimen. No podemos permitirlo.

            ―Creo, señor ―refirió Data―, que Q, por una vez, ha sido sutil y ha comprendido. Se ha dado cuenta de su error cometido y ha desaparecido con discreción… No creo que lo volvamos a ver por un tiempo… Y nos ha dejado el muerto. O el vivo, más bien.

            ―¡Data, por el amor de Dios! ―se sulfuró la doctora Crusher.

            ―Bien ―musitó Picard―. Seguimos ante un problema. ¿Qué hacer con el señor… Hill? ¿Coger a alguien que, literalmente, pertenece al siglo XX y soltarle en un futuro que no comprende y en el que a nadie conoce?

            Me estaba ya hartando de que hablasen de mí como si yo no estuviera allí, o como si fuera un mueble y no una persona. Aunque ya no estaba seguro de si yo era un mueble, un libro o una persona… Sea como fuere, me irrité… y seguí escuchando, pues todo aquello era más de lo que podía asimilar una persona corriente.

            ―Mucho me temo ―comentó la doctora Crusher― que esa opción no sería la mejor para el señor Hill. Dudo que su equilibrio mental pudiera soportarlo. Aunque ya ha aguantado mucho, desde que lleva aquí.

            ―Sin embargo ―añadió Data―, sería una aventura fascinante para el señor Hill. Procedente de un mundo primitivo, incursionar en un futuro incierto, alcanzar audazmente lugares a los que antes hombre alguno llegó jamás… ―Data pareció entusiasmarse ante sus propias palabras, pero se paró bruscamente ante las miradas de Picard y Crusher… y de mí mismo. La verdad es que aquel hombre de piel amarillenta me tenía desconcertado. Y la forma en la cual hablaba de sí mismo me desconcertaba aún más. Como si no fuese humano. Parecía más bien El Hombre de Hojalata de El mago de Oz. Casi esperaba ver aparecer por la puerta a Judy Garland cantando…

            ―Sea como fuere ―musitó Picard―, dejar al señor Hill suelto sin más no es solución. Habría que conseguir un modo de devolverle a… Bien, su mundo.

            ―Lo que pasa es que su mundo no existe ―reflexionó la doctora Crusher―. Es solo un mundo de papel. ¿Cómo devolverle a… algo que nunca fue? Ahora es un ser humano, y eso sería condenarle a la muerte.

            ―Si me permiten… ―soltó Data, y todos volvimos nuestra atención hacia él―. Quizás habría una solución.

            Esperamos a que comenzase a hablar, y él pareció esperar a que se le invitara formalmente a ello. Como nada de eso pasó, tras unos segundos embarazosos Data soltó su perorata.

            ―La forma en la cual Q crea materia… es similar a la de la sala holodeck, aunque al tiempo es distinta. Las creaciones de Q son reales, materia orgánica viva y consciente, mientras que las del holodeck son solo simulaciones, recreaciones holográficas forjadas en la memoria de un ordenador. Ahora bien, supongamos… Creamos un programa del universo del señor Hill. No el que usted visita, señor ―comentó, dirigiéndose a Picard―, sino otro, aunque en esencia sería el mismo. Introducimos todas las historias que se escribieron sobre Dixon Hill, esto es, todo lo que existe en la memoria del caballero aquí presente… y programaremos que el ordenador rellene todas las lagunas, que cree una historia completa y lineal de los incidentes que faltan. Nacimiento, adolescencia, todos los percances, por pequeños que sean, que vive cualquier persona.

            ―¿Y dejamos suelta a una persona real en un mundo irreal? ―preguntó Picard.

            ―No. Porque todo sería real. Si hacemos la… conversión adecuada. Veamos. Podríamos situar al señor Hill en la cámara teletransportadora y reducirlo a una serie de micropartículas iónicas. Después, en lugar de proyectar y reconstruir al señor Hill de nuevo, introducirlo, como una serie de impulsos, dentro del programa de holodeck creado al efecto. Ese programa se encriptaría para que nadie tuviera acceso a él. Existiría en un lugar impenetrable de la memoria de la Enterprise. El señor Hill sería un impulso electrónico dentro de otro impulso electrónico. Pero a todos los efectos, él sería tan real como el resto del mundo que lo rodearía. Tendría un hogar reconocible, la misma vida que recordaba… Viviría una especie de… sueño eterno del que nunca despertaría, hasta el fin de su existencia.

            Picard quedó reflexionando unos instantes.

            ―¿Ha considerado los peligros, Data?

            ―Sí. Todo es teoría. El señor Hill podría desaparecer por siempre, convertido en una serie de impulsos electrónicos. Y no hay forma de hacer una prueba. Un objeto no nos sería útil, un animal no podría contarnos lo sucedido, y hacer uso de una persona supondría el mismo peligro… En ese caso, el propio señor Hill debe elegir si acceder al experimento… y correr el riesgo. Desaparecer por siempre… o regresar a la única vida que conoce.

            El capitán Picard se volvió hacia mí, con expresión solemne en el rostro.

            ―¿Y bien? ―preguntó―. ¿Está dispuesto a correr el riesgo? ¿Desea probar esa… solución?

            Dudé. No mucho. No tenía considerables opciones. Así que dije que sí. Nos trasladamos a lo que ellos llamaban la sala de teletransporte. Era una habitación circular, con unos controles en un extremo y en el centro una especie de plataforma, también circular. Data estuvo trabajando unos instantes en los controles, a una velocidad que me parecía imposible para ningún ser humano. Quizá, en efecto, no era sino un Hombre de Lata. Un prodigioso Hombre de Lata.

            ―Me pregunto… ―murmuró Picard―. El señor Hill es una creación literaria, no existió nunca, aunque ahora, a todos los efectos, es real. ¿Qué es real y qué es ficción? ¿Acaso no seremos nosotros también personajes de ficción en otro universo real? ¿Y si esos personajes para los cuales nosotros somos ficción, no son sino también la ficción dentro de otro universo que a su vez les retiene?

            Data alzó la vista unos instantes y observó a Picard.

            ―Fascinante tesitura ―respondió, y después siguió pulsando los botones, o lo que fueran, pues yo sólo veía una superficie tersa con una infinidad de dibujos―. Bien, ya está programado.

            Picard se volvió hacia mí, y casi por primera vez desde que estaba allí alguien me dirigió la palabra.

            ―Señor Hill, dudo que comprenda por completo todo lo que le ha sucedido hoy. Espero que nada de esto le afecte en su vida… real. Cuando regrese a su mundo… ignoro si recordará lo que sucedió aquí, o lo retendrá todo como si fuera un sueño, una pesadilla. O tendrá la completa seguridad de que todo sucedió, pero decidirá obviarlo y proseguir con su vida. Sea como fuere, espero que todo le vaya bien. Que todo funcione, que regrese a su mundo. Antes tenía lagunas en su memoria. Ahora no las tendrá. En cierto modo, regresará a un mundo mejor para usted. Me alegro de haberle conocido. Siempre fui un admirador de su… trabajo.

            Extendió la mano y nos las estrechamos con fuerza. Después me condujo a la plataforma central. De nuevo aquella sensación de inseguridad, de ingravidez, mientras casi sentía las piernas temblar y la emoción me embargaba la garganta. Tenía miedo, un miedo terrible. Muchas veces antes me había enfrentado a la muerte. Pero aquello era distinto. Era la nada. Era el no ser. Aunque, bien pensado, ¿había sido yo previamente? ¿Había existido? En cierto sentido, era ahora cuando empezaba a vivir realmente. Todo era un maremagno sin sentido, un vértigo indescriptible en el cual era mejor no pensar. Solo abandonarse… Dejarse caer en el sueño eterno…

            Frente a mí, ante los controles, Data, Picard y la doctora Crusher me miraban. Me embargó la emoción al verles allí, unos completos desconocidos preocupados por mí. Y de pronto ya no estaban. Habían desaparecido. O era yo el que había desaparecido. A mi alrededor estaba el despacho de siempre, con la mesa, el sillón para las visitas, las persianas venecianas medio desvencijadas por las cuales entraba el sol de la mañana… Me senté ante la mesa, y el sillón chirrió como siempre, con aquel chillido lastimero como el de un gato callejero inmerso en una pelea.

            Sí, ahí estaba mi mundo de siempre. Aunque no el de siempre. Había algo más. Ahora recordaba una vida, unas emociones que hasta el momento me habían sido vedadas. Recordaba a una esposa de la que me divorcié, recordaba a un hermano mayor que tenía un negocio de venta de bicicletas en Los Ángeles, y recordaba a unos padres ancianos, que vivían en una pequeña granja a setenta kilómetros de San Francisco. Unos padres…

            Tomé el teléfono y marqué. El corazón me latía desbocado, indómito, como el gran vencedor en el National Velvet. Y de pronto sonó una voz dulce de anciana, que recordé, aunque nunca en mi vida la había escuchado.

            ―¿Sí? ¿Dígame?

            ―¿Mamá? ¿Mamá, eres tú?

            ―Sí, dígame.

            Quedé unos instantes mudo, sin saber cómo reaccionar. Ella lo solventó.

            ―¡Ah, Dixie! ¡Eres tú! ¿Qué tal estás, cariño mío?

            ―Bien, mamá. ¿Está papá?

            ―No. Ha salido con la furgoneta al pueblo, a por provisiones. ¿Pero qué sucede, Dixie? ¿Te pasa algo?

            ―No, mamá. No. Solo llamaba… Solo llamaba para deciros que os quiero.

            Colgué. Para ser un rudo detective, no paraba últimamente de llorar.

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[1] Lew Archer (1926-1977). Detective privado nacido y muerto en Los Ángeles (CA, EE.UU.), y que ejerció toda su carrera en esa localidad. Fue biografiado por el escritor Ross MacDonald, seudónimo de Kenneth Millar (1915-1983), en una serie de novelas comenzadas por The Moving Target (1949) ―en España, El blanco en movimiento, Alianza Ed., 1993―. Descendiente suyo sería el capitán Jonathan Archer (2121-2197), oficial al mando de la nave Enterprise NX-01. El padre de Jonathan fue el también célebre Henry Archer (2094-2141), que desarrolló el proyecto Warp 5 en unión con Zefram Cochrane.

Presentación de “Destellos de luna”, de Daniel Aguilar

Posted in Ciencia ficción, Ensayo literario, Ensayo sobre televisión, Libros de cine, Libros sobre literatura, Presentaciones, Relatos on 8 septiembre, 2016 by belakarloff

El próximo jueves 15 de septiembre, a las 19:30, en la librería Estudio en Escarlata de Madrid -calle Guzmán el Bueno, 46- tendrá lugar la presentación del estupendo libro Destellos de luna – Pioneros de la ciencia ficción japonesa, escrito por Daniel Aguilar, y publicado por Satori. Estará presente el autor, así como el escritor Jesús Palacios. ¡No os lo perdáis!

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Una conversación con Javier Quevedo Puchal, autor de “El manjar inmundo”

Posted in Entrevista, Literatura, Relatos, thriller on 27 noviembre, 2014 by belakarloff

Javier Quevedo Puchal acaba de publicar el libro El manjar inmundo (Punto en Boca), una antología de relatos centrada en adaptar cuentos clásicos “infantiles” dentro de un tono de literatura de terror. Como es norma en él, la recopilación hacer uso de una prosa elaborada y rica, con un uso brillante de la metáfora, y con el desarrollo psicológico de los personajes como eje vertebrador desde el cual desarrollar unas historias que, partiendo de las narraciones por todos conocidas, les da un nuevo rumbo, donde se percibe la influencia de dos de sus escritores preferidos, Clive Barker y Angela Carter, junto a otros más clásicos como Lovecraft. El resultado es una obra brillante que puede catalogarse como de lo mejor de la literatura de terror autóctona publicada este año que ahora finaliza. Aprovechamos para conversar con él acerca, pues, de su último libro.

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Ante todo, la pregunta obvia: ¿cómo se te ocurrió la idea de esta antología de relatos, centrados en rehacer los cuentos clásicos infantiles desde una perspectiva de terror?

La simiente estaría en dos antologías que ya tocaban un poco este tema y me gustan bastante: La cámara sangrienta de Angela Carter, y Red As Blood de Tanith Lee. Como ves, por supuesto no he inventado nada a la hora de hibridar terror y cuentos de hadas, pues esto se lleva haciendo desde hace varias décadas. Pero sí estaba muy interesado en aportar mi granito de arena particular, en ofrecer algo que ni Carter ni Lee hubieran aportado cada una por su parte. Es decir, quería dar mi perspectiva, volcar mi sensibilidad, y acabar ofreciendo un libro que no se hubiera visto antes, por muchas reinvenciones de cuentos a las que pueda estar acostumbrado el lector.

Este es tu primer libro de relatos. Antes sólo publicaste cuentos dispersos en recopilaciones donde intervenía una diversidad de autores. ¿Cómo has encarado este proyecto?

A decir verdad, antes ya he publicado una antología, pero de nanorrelatos, titulada Abominatio. La diferencia entre ambas antologías, aparte de la extensión, es una homogeneidad buscada. Abominatio venía a ser una especie de cajón de sastre donde tenía cabida desde el humor más negro hasta el terror más sugerente. En cambio, con El manjar inmundo buscaba una homogeneidad no solo conceptual e incluso temática, sino sobre todo atmosférica. No quería que fuera una antología deslavazada donde lo que primara fuese el todo vale. Y, de hecho, la concebí como una obra lo más compacta posible.

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Pese a todo, ya llevas no pocas novelas. ¿Te tienta más esa estructura?

No te creas. Cada historia te pide un formato, en realidad. Lo que sueñan los insectos solo podría ser novela, argumentalmente era demasiado compleja como para contarse como relato, ni siquiera como novela corta. Lo que sí te digo es que las antologías son, por desgracia, muy difíciles de vender a editoriales en general, donde parece que creen que el lector huye como la peste de las historias que bajen de trescientas páginas. No sé qué hay de cierto en esto.

Sí, a mí muchos editores me han dicho que antologías de un autor único, y más si es español, se venden muy mal. La excepción es Valdemar, que los relatos los venden de maravilla. Y de hecho, la estructura de relato es primordial en el género fantástico, y muchas obras maestras han surgido de ese formato…

A mí me da mucha pena, porque como lector he disfrutado muchísimo con los relatos cortos y, como comentas, los hay verdaderamente magistrales. Y tampoco necesariamente es más complicada de escribir una novela. Sí, te llevará más tiempo, pero, como siempre digo, en la novela puedes ser más tramposo, irte por las ramas, y a lo mejor el lector ni se da cuenta. En un relato irse por las ramas es muy peligroso.

Caperucita Roja, grabado de Gustave Doré

En El manjar inmundo haces nuevas versiones de cuentos famosos, como “Caperucita Roja” (o, más bien, su versión primigenia, que es absolutamente anonadante) y otros menos conocidos, como “Nabiza”. ¿Por qué has escogido los que has escogido, y no otros?

Me he decantado por cuentos lo bastante populares como para sentirme cómodo derribándolos y reinventándolos por completo. Te diría que lo hice pensando en el lector, pero, cuando los escribí, en realidad escribía para mí mismo. De modo que el hecho de que hayan sido cuentos tan reconocibles para todo el mundo es más bien una casualidad. Quizá hoy añadiera alguno menos conocido, como “Del enebro”, que por cierto es espeluznante, pero ya se perdería uno de los atractivos finales de la antología: que el lector vaya rastreando en los relatos los ecos de cuentos que conoce. Y, por desgracia, “Del enebro” es poco conocido.

Lo fácil hubiera sido coger los cuentos originales y escribir, más o menos, un remake, potenciando los elementos de terror, que ya son abundantes de por sí. Sin embargo, has optado por un enfoque más inteligente, que es crear algo totalmente nuevo que, no obstante, conserva la esencia o elementos de los predecesores. ¿Cómo elaboraste esta estructura? ¿Fue todo de manera consciente, o fue saliendo por sí solo?

Si te soy sincero, cuando escribo trabajo mucho desde el inconsciente. Planifico, desde luego, pero muchas asociaciones de ideas surgen de forma relativamente espontánea y ni yo mismo sé muy bien de dónde. No sé a ti, pero a mí me aburren soberanamente las adaptaciones de cuentos que se limitan a tocar cuatro elementos superficiales para acabar ofreciéndote exactamente el mismo cuento que ya conocemos todos desde siempre. Me interesaba mucho más jugar con los elementos del cuento, desordenarlos, cambiar escenarios y, en definitiva, sorprender al lector (que es el punto donde creo que mejor funciona el terror: cuando te sorprenden y no sabes muy bien por dónde van los tiros). En una de las reuniones con mi editor, me dijo que debíamos dejar muy claro al lector que la antología no eran “nuevas versiones de cuentos”, sino “relatos inspirados en cuentos”. Y es muy cierto. En algunos sí queda más claro el cuento que los ha inspirado, como “Miah”, que surge claramente de “Barba Azul”. Pero, por ejemplo, en “Negra como agua estancada” no está tan clara la estructura argumental de “Blancanieves”, que es el cuento que lo inspiró.

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Cierto. De hecho, sería muy interesante hacer esas nuevas versiones, pero cambiando de género, por ejemplo, todos los relatos de ciencia ficción…

De hecho, uno de los relatos de la antología de Tanith Lee llevaba “La Bella y la Bestia” al espacio exterior, si mal no recuerdo. Si te soy sincero, con El manjar inmundo me daba un poco de miedo salirme demasiado de sus ambientes góticos, por si acababa yéndome por los cerros de Úbeda. De hecho, solo me salí un poco del margen con los vehículos propulsores en los que van subidos los enanos de “Negra como agua estancada”, que concebí como un guiño steampunk (y, por tanto, al ser un poco retro, tampoco me parecía que desentonara tanto). Pero, sí, los cuentos se prestan a reinvenciones genéricas de todo tipo. Las hay incluso porno, vamos. También hay que tener un poco de cuidado con el género que se adopte, porque algunos pueden cargarse por completo el aura mágica o mítica de las fuentes originales. Esto me está ocurriendo un poco con la serie Cuéntame un cuento de Antena 3, que empezó con una adaptación bastante audaz de “Los tres cerditos” llevados al género policíaco, pero que en “Blancanieves” y “Caperucita” me parece que ha caído en cierto mimetismo un tanto gris que empobrece los cuentos originales.

De hecho, pensaba preguntarte por esa serie. No la sigo, porque las series españolas me dan mucho miedo. Pero viendo el tráiler de lo de “Blancanieves”, parecía más un culebrón, en lugar de enfocarlo hacia el terror, que es lo que sería obvio. Quizás no lo hicieron por eso, pero para mí es una muestra más de la falta de imaginación de nuestras series…

A mí me da mucha pena la ficción televisiva española en general, porque veo una pobreza de atrevimiento que, desde luego, no veo reflejada en la ficción cinematográfica nacional. Desde luego, la adaptación de “Los tres cerditos” me gustó bastante, pues aportaba un punto de vista muy rompedor que nunca había visto en ninguna versión del cuento. Pero, con un antecedente tan potente como la Blancanieves de Pablo Berger, lo cierto es que la televisiva se queda algo más que coja. Además, no es que sea un culebrón exactamente, pero sí me pareció que caía en cierto mimetismo que volvía la historia original en algo muy gris. Una historia urbana, moderna y un tanto noir, sí, pero siguiendo a pies juntillas el cuento original, con lo que se cierra casi por completo a la sorpresa y a la emoción.

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Volviendo a tu libro, aparte de ofrecer adaptaciones de cuentos concretos, muchos de los relatos brindan, asimismo, guiños o reflejos de otros muchos. ¿Cómo te planteaste esto?

Es que, como digo en la introducción, El manjar inmundo también es una celebración del género de terror. Me apetecía mucho hacer un homenaje a esos arquetipos con los que todos hemos crecido: vampiros, fantasmas, demonios… De todos mis libros, es probable que este sea con el que más he jugado y más me he divertido escribiendo, porque planteo unas hibridaciones que, ya ni siquiera como escritor, sino como lector, me divierten muchísimo.

Me gusta especialmente el cuento que se basa en “Barba Azul”, donde la profundización psicológica es apasionante, en las interrelaciones que se establecen entre los distintos personajes…

Pues fíjate que también es uno de mis favoritos. ¿Te lo había comentado?

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No, no me lo comentaste. Te dije tiempo atrás que me gustaba el de “Caperucita”, y simplemente me dijiste que te gustaba, pero tenías otros preferidos. Yo aún no había llegado a éste… ¿Cómo lo fuiste desarrollando? ¿Eras consciente de todo el trasfondo freudiano que tiene?

Pues no me considero demasiado conocedor de las teorías freudianas, francamente. Lo más probable es que todo lo haya trabajado desde ese plano del inconsciente que te decía antes. En La cámara sangrienta había un espléndido relato inspirado en “Barba Azul” (precisamente el que daba título a la antología), obviamente muy bien escrito, pero que me dejó un sabor de boca algo agridulce, ya que seguía demasiado el argumento del cuento original. Yo quise hacer mi versión, y tuve claro desde el principio que mi gran baza era Miah, la protagonista. Quería que fuera tan curiosa y sumisa como en el cuento de Perrault, pero dándole un giro muy especial. Su curiosidad tiene un origen muy distinto aquí. Y si es sumisa, es porque ella quiere, porque le gusta. A partir de ahí trabajé mucho la psique de Miah, para que tuviera un fuerte conflicto que no sabemos cómo se resuelve hasta las últimas líneas del relato.

En fin, no hablemos más al respecto para no destripárselo al futuro lector. Y en cuanto a ti, ¿cuál o cuáles son tus relatos favoritos, y por qué razón?

Aparte de “Miah”, tenemos “Cáliz de sangre” (del que estoy especialmente orgulloso porque no tomo “Caperucita” como inspiración, sino “El cuento de la abuela”, una versión muchísimo más antigua y retorcida de la misma historia). “Una rosa para Beatrix” me encanta porque es uno de los relatos donde más difícil es ver el cuento original y, además, ofrece un toque romántico sombrío del que creo que carecen los demás. Y “El dulzainero” es muy especial para mí no solo porque se me ocurrió en el último momento, ya con la antología cerrada y siendo revisada por mi editor, sino porque es un homenaje a mi difunto padre.

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Me contaste que habías escrito todos los relatos seguidos, tal como aparecen publicados, y luego, más tarde, como dices, se te ocurrió “El dulzainero”, que colaste justo al inicio. ¿Por qué esa estructuración? ¿Querías compartir con el lector el mismo tempo que tú habías experimentado?

Lo cierto es que no sé muy bien por qué mantuve ese orden cronológico. Ni siquiera me planteé cambiarlo, supongo que me gustaba así y ya está. Sí te puedo decir que “La novia perfecta” debía ser el que cerrase el libro porque tiene un párrafo final que me parece precioso como broche final, muy poético, pues insinúa un renacer a algo nuevo. Y también te puedo confesar que, tras escribir “El dulzainero”, tuve claro que había que empezar con ese relato gracias al desenlace que tiene, pues era como decir al lector: “Deja tus preocupaciones de adulto, tus rutinas y tus cosas. Vuelve a ser un poco niño… aunque tampoco demasiado”.

Pues sí, es verdad: transmiten todo eso, ambos cuentos… Por cierto, también me comentaste que el libro llevaba escrito cierto tiempo. ¿Estuvo mucho en “el cajón”? ¿Pasó por muchos editores? ¿Cómo convenciste al último?

Creo que acabé de escribir el libro como en 2009 o así, pero no empecé a moverlo por editoriales hasta 2010, cuando Fefeto me hizo la portada. Firmé con una editorial que estaba entusiasmada con el libro, pero cerró y la cosa quedó en el aire. Otra editorial estuvo entusiasmada después, pero también cerró. Como te puedes imaginar, llegué a pensar que el libro estaba gafado y nunca vería la luz. Por suerte, Diego Manuel Béjar, que ya me publicó mi anterior novela en Punto en Boca, leyó el manuscrito y no tuvo la menor duda. Estaba tan entusiasmado como los editores por cuyas manos había pasado antes. E incluso más que ellos, diría yo. Usó unos términos para alabar el libro que hasta me da pudor reproducirlos.

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Menos mal. Entonces, no fue falta de interés editorial, sino mala suerte…

Bueno, de todo hubo, no te creas. Alguna editorial llegó a decirme expresamente que le parecía un libro excelente, pero que tocaba determinados temas demasiado oscuros para ellos.

¿Oscuros? Vaya… Por cierto, hablando de la portada… ¿Cómo fue ejecutada, diste instrucciones precisas? Me parece muy buena, elegante y, al tiempo, algo salvaje. ¿Y el título? También suena sugerente…

El diseño de la portada no fue lo que se dice coser y cantar, aunque desde el primer momento Fefeto captó al vuelo el concepto que me rondaba por la cabeza: una hermosa noble de mirada hipnótica, comiendo civilizadamente una vianda monstruosa. Una imagen que, sin aludir a ningún relato específico, aglutinaba no solo los contrastes del título del libro, sino los de su contenido de apariencia elegante y fondo turbio, de personajes refinados con corazones podridos. Creo que Fefeto supo integrar muy bien las referencias de las que yo le hablaba: Glenn Close en Las amistades peligrosas, delicadeza y brutalidad, exquisitez y decadentismo… y, por supuesto, gorgueras, elemento que veíamos muy importante.

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¿Y el título…?

Recuerdo que tomé como inspiración El almuerzo desnudo, de William Burroughs, que me parece un título muy poético lleno de resonancias. Yo quería algo así y, pensando en los ambientes y personajes de la antología, me encantaba la idea de un título lleno de contrastes y contradicciones absolutas. Un manjar… inmundo, un adjetivo que ya de por sí no admite acompañar a la palabra “manjar”. Son palabras excluyentes. Y así son un poco muchos personajes de la antología: refinados, cultos, educados… pero capaces de los actos más atroces. Y así son también algunos ambientes que presento, exquisitos pero cargados de decadencia.

Por supuesto, hay muchos más cuentos que podrían haber sido objeto de una adaptación por tu parte, como hemos comentado antes. En caso de una segunda entrega de este experimento, ¿por cuáles te decantarías?

No me interesa una segunda parte. Es el libro que quería escribir y me parece perfecto así. Elaborar una segunda parte quizá supondría caer en ese mimetismo que tan poco me gusta, y no creo que merezca la pena. Me habría apenado de no haber incluido mi versión de “El flautista de Hamelín” (que me pidieron dos de mis lectores antes de que se empezara a maquetar), pero por suerte en el último momento se me ocurrió “El dulzainero”. Ahora sí que la lista de relatos me parece ideal tal cual está. Volver sobre lo mismo sería como explicar un chiste.

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En ese caso, ¿cuál es tu próximo proyecto?

Estoy escribiendo una novela de corte fantástico (esta vez no es de terror) ambientada en un pueblecito gallego durante la Segunda República. Un proyecto bastante ambicioso, pero que creo que puede quedar muy bonito. Lo malo es que voy muy lento, pero, bueno, mejor lento y seguro que rápido y de malas maneras, ¿no?

Por supuesto. Bien, si deseas añadir algo más…

Pues yo creo que en principio no. No vaya a ser que quede demasiado larga, ¿no?

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Para mí ha sido gratísima la charla. Muchas gracias.

Para mí también. Muy interesante. Gracias, Carlos.

Carlos Díaz Maroto

NOTA: Las cuatro últimas ilustraciones proceden del interior del libro, y son obra de CalaveraDiablo, en una versión a color. Las demás son de Gustave Doré.